: Cuéntame Convive

Cuéntame Convive: Yeison Tovar

 

“Convirtiéndome en malandro iba a conseguir que ellos mataran a otro familiar más o a mí y ese toma y dame no iba a terminar nunca”.

Yeison Tovar nació y vivió en La Guaira, hasta que a sus cuatro años perdió su hogar con la tragedia de Vargas. Tuvo que mudarse a Caracas, junto a su familia, para vivir en un hotel cerca de la estación de metro Teatros. Para él, fue un cambio gigante; en su nuevo hogar vivían muchos “mala conducta”, por lo que la violencia formó parte de su infancia. En la escuela, simulaba jugar con cuchillos hechos de cartón, hasta que un día se le ocurrió llevar navajas de verdad.

“Lo vi como algo normal, con la rutina que vivía en la torre consideraba que había muchas cosas que estaban bien cuando no era así”.

El momento más difícil para Yeison llegó en 2013, cuando a su hermano Óscar lo asesinaron de 11 disparos luego de una discusión con su ex novia. Luego de la pérdida, Yeison quería buscar la manera de que los asesinos de su hermano pagaran por lo que hicieron. Sin embargo, decidió no hacerlo porque para él matarlos iba a generar un ciclo donde los primeros perjudicados serían su familia.

“Si yo mataba al asesino de mi hermano, ellos me iban a matar o a mí o a un familiar más, y yo no quería ver a mi mamá tan triste como la vi en el velorio de mi hermano”.

Por eso se detuvo y al fin se alejó de tanta violencia. Empezó a trabajar con uno de sus tíos en La Guaira, donde había vivido sus primeros años, como ayudante de mecánico. Además, se dedicó a practicar atletismo, una de sus pasiones. Hoy, trabaja como barbero y colabora en su comunidad en Sabana Grande, organizando actividades junto al equipo de Caracas Mi Convive, como jornadas de recolección de juguetes que mantengan a los jóvenes entretenidos y lejos de la delincuencia que él vivió.

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Cuéntame Convive: Jorge Santiago

“Perder un hijo es un dolor que jamás sanará”, dice Jorge Santiago, cuyo hijo fue asesinado de doce tiros por una banda de delincuentes en su comunidad, Artigas. Asegura, sin embargo, que ese episodio le reafirmó lo que ya había tenido que aprender a través de la experiencia: la violencia no trae nada bueno.

Cuando era más joven fue muy agresivo y arreglaba los conflictos a puños, pero esta forma de actuar le trajo consecuencias como la pérdida de su trabajo en la marina. Eso y ver cómo la violencia le arrebató un hijo, le enseñó que la venganza no es un camino.

“Yo no soy nadie para quitarle la vida a otra persona y de verdad que a los que mataron a mi hijo los trataba como si ellos también lo fueran. Parece mentira que esos muchachos que jugaban de pequeños con mi hijo, comían aquí, dormían aquí, hayan terminado matándose entre ellos.”

Jorge ya tiene varios años trabajando como líder comunitario en Artigas, su comunidad, y su primer trabajo con nosotros fue la organización del lanzamiento de la campaña latinoamericana por la reducción de homicidios Instinto de Vida en el sector Barrio Unión.

Confía en que la Caracas de la convivencia es posible y surgirá de los sectores populares, de las bases, pues es desde allí que se puede mejorar nuestro entorno.

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Cuéntame Convive: Aracelis Sánchez

Aracelis Sánchez, una víctima más de la policía del Estado venezolano

Aracelis es una madre de 48 años de edad del sector El Valle, víctima de la violencia por parte de cuerpos de seguridad del Estado. Su hijo mayor, Darwinson Aramis, fue asesinado en su propia casa por agentes de la policía.

“Ellos entraban a mi casa y me cobraban vacunas (dinero) todo el tiempo. Una vez tuve que vender hasta mi equipo de sonido para que no le hicieran daño a mi hijo”, comentó la señora Sánchez.

Un día Aracelis puso la denuncia y el fiscal dijo que “me quedara tranquila, que ellos no iban a hacerle daño a mi hijo. Él me comentó que lo que querían era meterme miedo. Yo le hice caso ese día y no les di nada. Es ahí cuando a Darwinson, de 20 años, me lo matan en el mueble de la casa”, explicó.

“No supe por qué me lo mataron. Cuando iba a tribunales, decían que mi hijo era un malandro y siempre buscaban excusas para dejar ese caso así, pero es falso, mi hijo no fue malandro ni nada por el estilo. Era buen estudiante, le habían otorgado cupos en diferentes universidades gracias a su promedio. Lo que sí me dijo una vez fue que tuvo una relación y que no había terminado muy bien con esa persona, quien tenía cercanía con la policía. Es eso de lo que sospecho”, mencionó.

Luego de vivir esa mala experiencia hace cuatro años, las personas que mataron a su hijo aún siguen en libertad, pero Aracelis no se quedó de brazos cruzados, sigue luchando para que se haga justicia con el caso de su hijo. También asesora en temas legales a madres que han pasado por esa situación a través de una organización llamada Cecodap, para así evitar que más casos queden impunes como el de su hijo.

A pesar de la crítica situación que atraviesa el país, Aracelis mantiene la esperanza de que todo mejorará. Actualmente, su otro hijo vive fuera de Venezuela, “cuando él salió sentí un alivio dentro de mí. Era una preocupación menos, porque temía que le hicieran algo a él”, expresó.

“Recuerdo perfectamente que la OLP pasaba por este sector constantemente y esa noche mi hijo debía salir del país. Estaba preocupada porque ellos paseaban por el barrio con sus máscaras. Son personas que crean terror en las comunidades. No nos quedó de otra que pasarles por enfrente con las maletas. Al dejarnos pasar, le dije con toda la alegría del mundo ‘Gracias a Dios que te vas de esta país, sé que es por tu bienestar’”, relató.

Aracelis quiere seguir preparándose profesionalmente, actualmente tiene pensado estudiar Derecho para ayudar a las demás víctimas como ella y exigir justicia en Venezuela ante tanta impunidad.

“Mi mensaje para las madres es que sigan luchando por el país, que vamos a seguir adelante y que todo lo malo, tarde o temprano, terminará”, mencionó Aracelis Sánchez.

Cuéntame Convive: Leandro Buzón

Leandro Buzón, un ejemplo de constancia, trabajo y dedicación

“Un día como cualquier otro me fui en la mañana al colegio para asistir a clases, y cuando llegué en la tarde a casa ni yo ni mi familia teníamos dónde vivir”. Leandro Buzón es un joven de 29 de años de edad que a raíz de mucho esfuerzo y constancia ha podido superar situaciones difíciles que durante su infancia y adolescencia le crearon una gran inestabilidad y lo expusieron a situaciones violentas.

La vida le ha puesto a Leandro grandes obstáculos en su camino, sin embargo, debido a su pronta madurez ha sabido enfrentarlos. De niño vivió en San José de Cotiza, pero por motivos que escapaban de sus manos, un día se quedó sin casa, pero nunca sin hogar.

“A los 14 años recuerdo que pase la noche en casa de una de mis madrinas de bautismo. Allí no estuve yo solo sino toda mi familia durante tres meses. Un día me quedaba en la casa de un amigo y luego en otra y en otra. Fue una situación muy dura porque no sabía cómo podía ayudar a mis padres a solventar el problema”, relató.

La familia Buzón fue desalojada de su casa por algunas demoras en pagos. A raíz de eso su familia cayó en un proceso judicial y los dueños los sacaron de la vivienda. A pesar de tan difícil situación Leandro no se estancó y logró finalizar sus estudios mientras trabajaba paralelamente en un sitio de comida rápida.

Estudió bachillerato en el colegio Fray Luis de León, donde casi lo retiran por falta de dinero para costearse su educación. “Tengo gratos recuerdos de esa etapa, específicamente en 9no grado cuando me ayudó el padre José Luis Uruñuela, recuerdo sus palabras: Tú no vas a salir del colegio, nosotros te vamos a apoyar. En ese momento me percaté del valor de creer en las personas”, mencionó.

A los 16 años comenzó a trabajar, encontró un empleo medio tiempo en un local de comida rápida. Allí comenzó uno de sus primeros actos de liderazgo al tener gente a cargo en la cocina. A sus padres no les gustaba la idea de que trabajara porque ellos pensaban que le iba a tomar amor al dinero y se olvidaría de los estudios, pero Leandro demostró que estaban equivocados.

Logró ingresar en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) con una beca de 80% en la matrícula. “A pesar de que fue una lucha desigual y me pusieron a competir académicamente con puros grandes ligas, nunca me sentí incómodo y no desistí”, comentó. Leandro egresó de esta casa de estudios como Sociólogo y participó durante todo su tiempo de estudiante en varias agrupaciones culturales.

“Soy hijo de dos inmigrantes colombianos que llegaron al país en busca de mejores oportunidades, mi madre se dedicó a ser ama de casa y mi padre siempre trabajó de forma independiente. Gracias a Dios tengo una gran familia, a pesar de que durante mi niñez mi padre sufría de alcoholismo, enfermedad que con el tiempo entendí”, explicó.

La violencia, un camino inevitable en la vida de los venezolanos

En el año 2006 Leandro y su familia se mudan al 23 de Enero, sector popular del oeste de Caracas. Ese año fue muy duro tanto para él como para sus parientes debido a los cambios que tuvieron.

Fue víctima de la violencia en varias oportunidades, la primera fue cuando estaban recién mudados, su padre fue impactado con un botellazo debido a una pelea en un juego de dominó. “Lamentablemente a mi papá le tomaron seis puntos en la cabeza. Hoy día la persona que lo agredió se encuentra en silla de ruedas”, mencionó.

Leandro no tomó venganza ante este hecho gracias a su madre, quien le insistió mucho en que no se metiera en problemas. Al poco tiempo, tuvo su segundo encuentro cercano con la violencia cuando su primo llamado David cayó preso por robo a mano a armada y lo culparon de homicidio.

“Mi primo fue alguien muy cercano. Él siempre nos dijo a mí y a mi hermano que nosotros la teníamos fácil y no siempre fue así, tuvimos que trabajar y estudiar a la vez. Nada en esta vida es fácil”, explicó.

Debido a todo lo vivido, Leandro constató que hay un grave problema de violencia actualmente en la sociedad venezolana, por lo que decidió fundar un movimiento sociocultural llamado Caracas Mi Convive junto a su amigo Roberto Patiño, a quien conoció en el movimiento juvenil que apoyó la primera campaña presidencial del actual gobernador de Miranda, Henrique Capriles Radonski.

Roberto Patiño y Leandro Buzón en una jornada de trabajo de Caracas Mi Convive en el 23 de Enero.

Roberto Patiño y Leandro Buzón.

Mientras trabajó en la campaña presidencial y se trasladó por todo el país, Leandro confesó que lo tildaron de mentiroso mientras daba los discursos, esto debido a que estaba asociado con la política.

“Digamos que en ese proceso me di cuenta que era necesaria la construcción de relaciones de confianza y de ahí nació Caracas Mi Convive como un movimiento interesado en construir y captar liderazgo comunitario en el Municipio Libertador de Caracas. Así decidimos Roberto y yo crear esta organización para mejorar la política en el sentido social, nosotros buscamos a las personas en las comunidades para saber qué sienten y qué padecen”.

Hoy en día Leandro Buzón es el cofundador de Caracas Mi Convive y líder comunitario de la parroquia 23 de Enero.

Fabiola Morachini

De tripas corazón

“Yo lo poco que he tenido me lo he ganado honradamente y siempre le he inculcado eso a mis hijos, los valores de la humildad, el respeto. A mí no me tocó de otra que salir a la calle a trabajar para mantener a mis hermanos, mis hijos y a mi mamá”.

“Mi vida fue feliz hasta que mi mamá se enfermó. Se derrumbó la familia. A los 18 años abandoné los estudios para hacerme cargo de ella. Estuvo 26 años en silla de ruedas a causa de varios ACV hasta hace 3 años que murió.

Me tuve que encargar de mis hermanos. A ambos los mataron, uno a los 17 y al otro a los 16. Los malos caminos los llevó a eso; varias veces estuvieron presos. Viví el calvario que viven muchas madres al tener que visitar a sus hijos en las cárceles. A mí se me escapaban de las manos, yo apenas tenía 18 años.

Mi hermana cayó en las drogas y eso ha sido peor que padecer cáncer. Le digo que tiene que luchar por sus hijos pero no lo hace.

Cuando mi madre estaba enferma hice de todo para poder llevarla a hacerse sus exámenes en el hospital, trabajé hasta cargando material de construcción. Pero todo lo que he hecho y tenido lo he ganado honradamente. Eso siempre se lo digo a mis hijos; hay que cuidar la humildad, el respeto, el amor.

Soy madre de dos hijas y un varón que adopté de 3 meses, la mamá del niño me lo dejó para que se lo cuidara y hoy día ya tiene 23 años, nunca volvió por él. Incluso me acusaron de que me lo había robado, gracias a la comunidad que atestiguó a mi favor no terminé en la cárcel”.

Una casa o la perdición de la juventud

“En una oportunidad perdí mi casa, se derrumbó debido a un árbol que está en la parte posterior. Busqué ayuda en los entes competentes y no he recibido respuesta, la única vez que la recibí, la cooperativa encargada se robó el dinero. Anduve en la calle, me vi con el escaparate y la cama en la acera, tocaba puertas y me decían ‘se pueden quedar los niños pero tú no’ o ‘se queda uno y otro no’ y en varias oportunidades me tocó dormir afuera de la escuelita con mis hijos en los brazos y los otros durmiendo en las otras casas.

Siempre he querido una casa para mi familia. Sé que algún día la tendré. Mientras, le he ensañado a mis hijos que hay que disfrutar lo que Dios nos da en el momento. Y creo que he sido un buen ejemplo para mis hijos: todo en la vida es un sacrificio. Pedir prestado es siempre mejor que robar.

Ahora mismo pienso que mi tormento es mi sobrino, que se ha ido desviando del buen camino. Tener una casa no me angustia tanto como perderlo a él. Es muy difícil porque tiene 15 años y su propia madre es quien lo invita a fumar y a tomar, no es fácil crecer sin una madre que haga de madre. A esa juventud hay que darle mucho amor, dedicarse por completo”.

Del corazón viene la fuerza

“Mis hijos me han motivado a salir adelante, también merecemos vivir mejor, siempre les he dicho que nunca esperen que les traigan las cosas, ellos tienen que ir a buscarlas de buena manera. Quiero darles algo mejor a mis hijos.

La felicidad que más deseo, más que tener casa, es conseguir paz espiritual. He sufrido mucho pero la fuerza para seguir la saco del corazón. Tengo fe en que Dios me va a conceder ese deseo.

Estoy orgullosa de mi comunidad por el apoyo, es unida pero muchas veces hay discusiones por posiciones políticas. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que salga adelante. Si empezamos a trabajar sí que se lograrán muchas cosas buenas”.

Robert Demmer

Robert Demmer: Si buscas la justicia por tus manos,  esta va a arremeter en tu contra y no te favorecerá en nada

“Fue un día de Santa Bárbara. Venía de la segunda calle de la Ceiba en San Agustín, con un compañero de infancia, veníamos de la celebración cuando nos conseguimos a un grupo de malandros en una de las encrucijadas del barrio, pero como eso es algo cotidiano, no le presté mayor atención. Seguimos caminando y cuando llegamos a la cancha donde desembocan todas las calles, me doy cuenta que eran los malandros del barrio vecino.

Yo conocía a uno de los delincuentes, cuando me vió me dijo ‘muchacho qué haces por ahí, anda, vete para tu casa’. Seguimos en la vía caminando rápido cuando uno de los malandros, que le dicen “Garitero”, le disparó a mi compañero en una pierna. Lo hizo por maldad, porque estaba drogado. Cuando me iba a disparar a mí, corrí lo más rápido que pude hacia unas escaleras y por los efectos de la misma droga asumo que no me vió. Seguí hasta una zanja donde drenan el agua y me lancé, la caída fue aparatosa, desde entonces se me disloca el brazo.

Me resguardé por un tiempo y al salir oí a mi compañero llorando, agonizando del dolor, entonces fui a su rescate. Lo tomé por los brazos y me pidió que lo ayudara, pero el malandro regresó al lugar y yo cargué a mi amigo y lo llevé a rastras por las escaleras. El sentido humanitario me decía que no podía dejarlo ahí moribundo. El malandro siguió disparando contra nosotros y uno de los tiros le entró por el abdomen y le salió por el tórax, casi lo mata. En ese momento me caí porque no podía más con el peso, yo estaba todo lleno de sangre. Los vecinos se dieron cuenta del altercado y comenzaron a gritar para que ya no siguieran disparando. Fue nuestra salvación.

Mi amigo duró hospitalizado mucho tiempo para poder recuperarse, aunque no del todo. Desde entonces no fue la misma persona, la herida le afectó el páncreas y comprometió otros órganos”.

No hay violencia si hay hogar

“El problema de la violencia viene de familia, se han perdido mucho los valores, porque donde se ve a un padre con una mala actitud, téngalo por seguro que su hijo va a ser igual o peor que esa persona. Si no le inculcan valores a los niños en el hogar, va a ser muy difícil tratar de moldear las malas costumbres, eso tiene que ser desde el inicio, desde el hogar.

La venganza no conlleva a nada bueno, la violencia lo que genera es más violencia. Si buscas la justicia por tus manos, la misma justicia va a arremeter en tu contra y no te va a favorecer en nada. Muchas personas en los barrios se cohíben de hacer una denuncia en la policía por miedo a que luego agredan a sus familiares”.

Forjar un futuro pese a las dificultades

“Ahora estoy pasando por una etapa de mi vida bastante triste, me separé de la mamá de mis hijos. Me ocurre algo parecido a lo que me pasó cuando era un niño. No sé los motivos por los cuales mis padres se separaron, nunca me dieron una explicación del por qué yo crecí sin un papá, sin una figura paterna, prácticamente sin mi madre porque se la pasaba trabajando.

Mi hermano menor y yo contábamos con mi abuela, pero era una señora mayor. La que cumplía el rol de madre con nosotros, quien era mi tía, murió de un impacto de bala en el corazón por los malhechores del barrio.

Aunque seguía siendo un niño, tenía que ayudar a mi mamá de alguna manera, tenía que sacrificarme. Mi mamá estaba sola y mi hermano menor estaba bajo mi responsabilidad. Yo tenía que trabajar.

Después de cumplir con mi rutina escolar me escapaba y me iba al Estadio Universitario, aunque no me dejaban entrar porque era menor de edad, era astuto y me colaba. Hice amistad con las personas que vendían en los quioscos, me daban un balde con 12 bombas (refrescos) y las vendía. Cuando era la Serie del Caribe y llegaban equipos de otros países, me daban propina en dólares.

Cuando comencé a verle el queso a la tostada, llegué a la casa con 300 bolívares, y me acuerdo que la pela que me dio mi mamá fue horrible porque pensó que yo estaba robando. Unos morochos que vivían en la cuadra de enfrente y que me veían trabajando le dijeron que estaba trabajando. A mi mamá de inmediato se le salieron las lágrimas.

Si pones tu vida en una balanza y te ponen dos caminos para que escojas, está en ti que elijas el camino malo o el bueno, y créeme que la mayoría de los que escogieron ese camino de la violencia, de la vida fácil, están muertos, presos o son drogadictos. Si yo hubiese escogido ese camino y no el de ganarme tres centavos trabajando, hubiese terminado igual”.

Hoy día Robert Demmer es un hombre de bien, estudió y se graduó de TSU en Administración, Organización y Sistemas, aún vive en San Agustín y trabaja como supervisor del Metro Cable de su comunidad.