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Keyber Graterol

Del mal ejemplo a una lección de vida

“Mi tío fue una figura de lo peor. Robaba reproductores de carro, me robó un walkman, hasta mis ‘Niños Jesús’ me los robaba. Mi abuela y mi mamá lloraban por él (…) Mi tío cambió gracias a ellas, que lo internaron para que se acomodara. Después él salió y lo metieron preso. Cayó en la cárcel ocho veces. Luego de la última vez se acomodó y consiguió un trabajo en Coca-Cola. Después tuvo un accidente, una fractura de cráneo y murió”, relató Graterol.

Keyber Graterol es un joven de 26 años de edad cuya vida no ha sido fácil. A los tres años tuvo su primera pérdida, la de su padre, ausencia que lo marcó de por vida y lo llevó durante su niñez a la rebeldía. Este joven tiene 23 años viviendo en La Pastora, una popular parroquia del Municipio Libertador de Caracas. Junto a su madre y sus cinco hermanos; cuatro varones y una hembra, vivió bajo el mal ejemplo de su tío, un hombre vicioso que, según Keyber, “andaba en malos pasos”.

Entrando en la adolescencia, cuando estaba por empezar el bachillerato, tomó la decisión de no estudiar más, tenía ganas de trabajar pero realmente andaba de “vago”, como se llamaba a sí mismo.

“Mi historia comenzó con mi bicicleta, iba con ella pa’ arriba y pa’ abajo (sic). Coleaba a las camionetas (…) Estaba por ahí todo el día sin nada qué hacer, burlándome de todo aquel que pasara frente a mí. Andaba con mi bicicleta como un vago pidiendo dinero, estaba sucio. Mi mamá se molestaba y me espichaba los cauchos con un cuchillo, pero yo no le paraba”, recordó.

A raíz de esta actitud que tomó, su tío lo invitó a visitarlo a la cárcel.

“Me di cuenta de que eso era lo peor del mundo. Nada más en la entrada te dan la peor bienvenida. La Guardia te manda a quitarte la ropa, los pantalones, ‘agáchate’, me decían. Me agarraron el pantalón y me tumbaron todas las monedas que tenía. Yo estaba con mi abuela, la bolsita de comida que fue a llevarle con un sándwich se la quitaron. Cuando entré, lo que escuché fueron gritos, parecía un gallinero. Comencé a subir una escalera de hierro y, cuando llegué arriba, vi a mi tío con una hojilla, que tenía un lápiz traspasado de soporte, afeitándose la cabeza. Yo arranqué a correr y me puse a llorar. ‘Mira como vivo’, me dijo, ‘Así voy a vivir el resto de los años que me quedan aquí. Ponte a estudiar, en lo que salgas de aquí tienes que ponerte a estudiar. Si caes en la calle vas a llegar aquí, así como estoy yo’. Eso no se me olvida nunca”, aseguró.

Luego de esa experiencia, Keyber decidió tomar otro camino en su vida. Al pasar los años, al convertirse en un hombre, encontró el amor; formó una familia con la que hoy día es madre de su hijo. También comenzó a trabajar de plomero durante año y medio, lo que le permitía sostener su hogar y, a su vez, ahorrar para comprarse su primera moto, esa con la que trabajó de moto-taxista durante dos años.

“Un día mi hijo se enfermó, fuimos al hospital a buscar el resultado de un examen. Yo dejé la moto afuera, entré al sitio y cuando salí, ya la moto no estaba, me la robaron. Ese era mi medio de transporte, el de mis ingresos (…) Me la robaron el 9 de abril del 2010. Me jodí porque yo estaba pendiente de la vida de mi hijo”, relató.

A pesar del altercado, este joven siguió trabajando y reuniendo dinero para poder comprarse otra moto. Una vez que lo hizo laboró con ella como mensajero hasta que, por segunda vez, lo volvieron a robar.

“Un día me paré en el Bicentenario de San Bernardino, entré a comprar algo y cuando salí, la moto ya no estaba. Eso fue a una cuadra del Hospital de Niños, donde me habían robado la primera. Yo volví a poner la denuncia. ‘¿Otra vez tú aquí?’, me preguntaron los policías. ‘Tranquilo, después te comprarás otra motico’, me dijeron. Mi hermano tenía una moto guardada, estaba toda esperolada (sic) y me la prestó. Poquito a poco la fui acomodando hasta que quedó fina y la vendí. Luego me compré otra que me robaron, otra vez”, explicó con desdén.

Del dinero que Keyber recibió al vender su segunda moto, logró comprar poco a poco los recursos que necesitaba para hacer su miniteca, esa que actualmente se ha convertido en su sostén de hogar y en la causante de muchas alegrías en su comunidad. Con los ingresos que esta le generó logró comprar su tercera moto, que le robaron, esta vez, de forma violenta.

“Era un lunes y estaba yendo para el colegio con mi hijo y mi esposa. Mientras iba en camino, un chamo me apuntó de lejos y dos más se acercaron y me pusieron una pistola en la cabeza y nos obligaron a bajar de la moto. Le pedí que no me matara. No pasó absolutamente nadie. El niño se veía muy nervioso. Esa moto sí que me dolió. Me la quitaron en el 2014”, recordó.

Del rencor a la comprensión

Este joven caraqueño, decepcionado por haber sido una y otra vez víctima del hampa, decidió dejar el rencor de lado y no tomar la justicia por sus propias manos sino redireccionar su vida y dedicarse a otra labor. Lentamente, con sus pocos recursos, logró hacer su miniteca, con la que lleva “el pan de cada día” a su hogar.

“Todo el mundo por acá (en La Pastora) me conoce. Hago bromas con los niños, saco mi miniteca los diciembres para que toda la comunidad disfrute… El pasado diciembre fue lo mejor, toda la gente me felicitaba por lo que hacía (…) Así como me he recuperado tres veces puedo recuperarme mil veces más. Estoy completamente sano y mi cerebro funciona perfectamente bien para seguir trabajando. Me concentro en conseguir mi sustento para ayudar a mi familia y para ayudar a quien pueda”, señaló Graterol.

La felicidad para Keyber es la música, como él mismo asegura, por eso es que en sus últimos años se ha concentrado en desarrollar su carrera como DJ, a pesar de no contar con todos los recursos necesarios para hacerse un camino en el mercado de la música electrónica en el país. Sin embargo, ya es conocido entre su comunidad y en zonas aledañas de Caracas como Maracay y La Guaira, lugares en donde le salen muchas contrataciones para animar con su música diversas celebraciones.

“Yo empecé con ‘clavo y madera’. Tenía unos audífonos americanos que me regalaron y se los cambié a un pana por las cornetas. Fui a la avenida Sucre y me compré una tabla, la piqué yo mismo y me hice la mesa para las cornetas. Con eso empecé a hacer fiestas. Me va bien, gracias a Dios, siempre me contratan (…) Ya estoy pulido en esto, en lo que tenga los equipos me animo a tener un local. Pero, bueno, con lo que tengo ahorita me conformo”, manifestó.

A pesar de que Keyber se dedica a hacer lo que le gusta y disfruta de ello, no todo ha sido sencillo para él, se ha conseguido obstáculos en el camino que han puesto en duda su remisión ante el rencor.

“Tuve un mala experiencia con la policía. Estábamos fuera de mi casa, en el barcito, todos los vecinos, y venían persiguiendo a un muchacho de no sé dónde y llegaron ellos. Nos dijeron que el chamo se había escapado por nuestra culpa, y me partieron las cornetas. Uno de los policías sacó una navaja y la abrió. Sentí ganas de darle una paliza pero me controlé. Todo lo que pierdes en la vida que sea material se recupera. Agarré la broma, le eché un poquito de pega y siguió sonando. Así suena todavía”, explicó.

Hasta ahora, este joven ha preferido dejar de lado los problemas y no resolverlos con violencia. Actualmente tiene un proyecto con los niños de su zona, con esos cuyos padres no tienen los recursos para llevarlos de paseo por la ciudad. Keyber se encarga de divertirlos y de crearles un ambiente ameno donde los niños puedan entretenerse y no desgastar su tiempo libre en malas andanzas. Con un poco de música de su miniteca y unas cuantas “peloticas de teipe”, crea un ambiente sano en su comunidad para el disfrute social.

“A los chamos que andan en malos pasos les aconsejo que si se sienten solos busquen hablar de sus problemas porque muchos de los jóvenes se encierran en ellos mismos y caen en malos pasos (…) Yo tengo que mantener mi hogar, si tomo la decisión de robar no correría con suerte. Tengo a mi hijo. Eso nunca lo pensaría hacer. Uno tiene que pensar en su familia ¿Tú vas a salir a joder a la gente sin saber si tienen hijos? ¿Los matarías por un celular? Eso no vale más que tu vida (…) Todo en la vida llega solo, siempre y cuando lo busques por bien”, aconsejó Keyber Graterol.

Evert Chirinos

Evert Chirinos: La música como escape a la violencia

“Decidí tomar el camino musical y no desviarme. Puede ser fácil tomar una pistola y vengarte, pero difícil es esconderse porque donde estés te van a encontrar”, explicó Evert Chirinos, mejor conocido como “Gabo”, su nombre artístico. Desde muy joven, este chico de San Agustín del Sur ha incursionado en el mundo de la música, específicamente en el trap, género derivado del rap, y como muchos caraqueños, ha  sido víctima de la violencia.

Cuando tan solo tenía un año de edad, Evert perdió a su padre, quien era Sargento Nacional, unos antisociales decidieron quitarle la vida por robarle su camioneta. Desde ese entonces fue su madre la que tuvo que salir adelante con él y su otro hermano, quien tomó un mal camino en su vida.

“Perdimos a mi hermano en la calle, él no vivía con mi mamá y cayó en las drogas. A raíz de eso se enfermó de los pulmones, por un tiempo se recuperó un poco pero ya no era lo mismo. Lo perdimos y eso ha sido un gran vacío”, explicó.

La infancia de Evert fue difícil; vivir con la ausencia de su padre, a quien se lo arrebataron a la fuerza, superar la pérdida de su hermano y ver el dolor de su madre fueron hechos que lo marcaron. Sin embargo, siempre trató de mantenerse alejado de los problemas, incluso cuando vio cómo su vida pendía de un hilo.

“Tenía unos 16 años cuando saliendo del liceo un chamo me apuntó con una pistola en la cabeza. Unos días antes él mismo me había dicho ‘te vas a morir porque le escribes a mi novia’. Yo no conocía a esa chica, pero sabía que era la novia de un muchacho que andaba en la mala vida. En ese momento como estaba en unos juegos intercursos de basquetbol, algunos amigos y unas primas intervinieron, y pude irme del lugar. Pasé una semana sin salir de casa y sin ir al liceo porque mi mamá estaba muy preocupada”, relató.

A raíz de ese problema a Evert lo cambiaron de liceo y logró graduarse de bachiller. “No quise tomar venganza  por miedo, ya que  detrás de una venganza vienen otras más. Aunque confieso que sí tenía en mente hacerlo, pero pensé mucho en mi mamá, que ya ha sufrido demasiado”, explicó.

¿Balas y violencia? Mejor música y amor

Desde pequeño Evert ha tenido gusto por el canto: “mi mamá siempre ha escuchado música y yo tengo esa chispa para entonar cualquier ritmo. He ido creando música, estoy escribiendo canciones. En mis letras no hay cabida para las armas, las balas, la violencia, por eso estoy en el proceso de sacar un disco al que llamaré ‘Love and Life’, ‘Amor y Vida’. No voy a venderlo, lo voy a regalar a mi comunidad, para que se sepa que en San Agustín también hay gente buena”, explicó.

Evert sueña con que su madre oiga algún día en una emisora radial una de sus canciones. En el barrio a veces colocan sus temas, allí en su comunidad ahora le llaman por su nombre artístico: “Gabo”.

“Me la paso con mi cuaderno anotando versos, escribo algunos poemas. Mi mamá siempre me echa broma, me dice ‘puro verso, puro verso’, y yo le respondo que esto es lo mío, lo que quiero hacer”, comentó.

Actualmente Evert está culminando un curso de enfermería, para luego comenzar a estudiar publicidad.

“Elegí estudiar enfermería porque siempre me han gustado los niños. Ahora las cosas están cambiando, ahora te leo hasta libros. A mí me gustaría ser pediatra y también publicista”, explicó entre risas.

Para este chico la felicidad es saber que la gente cree en él y que lo apoya, así como su madre, quien ha estado a su lado para impulsarlo y ayudarlo a superar cualquier adversidad.

Alcibel Flores

El boxeador de La Vega, que en vez de golpes imparte esperanza

“Hay que contrarrestar los vicios que acosan a la juventud. Con el boxeo, la agresividad va mermando”, aseguró Alcibel, un hombre de 43 años de edad que tomó la decisión de enseñar tanto esta como otras disciplinas deportivas a compañeros y vecinos para ayudarlos a alejarse de las malas andanzas.

Alcibel Flores es un profesor de Educación Física residenciado en La Vega que se ha dedicado a enseñar y entrenar a los jóvenes de su sector para mantenerlos distanciados de los vicios. “Todo deporte es disciplina. A mí el boxeo me enseñó a lucharlo todo con esfuerzo y constancia”, aseguró.

Flores era boxeador, viajó por el mundo representando a Venezuela, llevando en alto el tricolor nacional. Sin embargo, ya han pasado muchos años desde que este caraqueño estuviese de competencia en competencia.

La primera vez que Alcibel se colocó unos guantes fue a los 10 años de edad. “Me costó haber dejado el boxeo tan rápido”, mencionó mientras enseñaba una foto antigua de él entrenando. “Mi mamá siempre me decía que no podía ser igual a todos los boxeadores, que tenía que estudiar”, prosiguió. Palabras que lo motivaron a convertirse en profesor.

Convencido de que con la misma perseverancia con la que se entrena algún deporte se pueden recuperar a las personas, Flores se propuso emprender una acción social en su comunidad para ayudar a esos jóvenes con problemas de drogas y delincuencia mediante lo que mejor sabe hacer, enseñar las distintas disciplinas del amplio mundo deportivo.

Más deporte, más vida

Este boxeador dejó atrás su pasión, sin embargo, hoy día se dedica a su verdadera vocación, que es la educación. Gracias a los conocimientos obtenidos en su larga experiencia, Alcibel considera que puede aplicarlos para “aportar algo en su comunidad”.

“El boxeo exige perseverancia y mucho sacrificio; hacer dieta, mantenerte sano, y no tener casi tiempo para la familia”, mencionó. La constancia y disciplina que aplicó Flores mientras se dedicó profesionalmente a su deporte es la misma que transmite a través de un trabajo sistemático y con seguimiento constante a los chicos que asisten a su programa. Alcibel creó en La Vega la Fundación Deportiva Ángel Edecio Escobar y el Consejo Deportivo del barrio El Petróleo.

Uno de los participantes de dicha fundación le confesó una vez a Flores que tenía casi dos meses que no salía a robar debido a las prácticas de softball. Este relato lo llenó de orgullo y emoción porque entendió que con su labor estaba ayudando a cambiarle la vida a esa persona.

Alcibel asegura haber visto de todo en su programa deportivo, desde compañeros perdidos en las drogas, muchachos buenos siendo arrastrados por el hampa, hasta jóvenes que asisten a la fundación para entrenar pero no tienen padre ni madre y “se te escapan de nuevo al mal camino. Son chamos con mucho talento, pero no tienen familia”, explicó.

“Mi sueño es ser un ejemplo y hacer algo por la comunidad”, expresó Alcibel Flores con felicidad.
Muchas personas como Alcibel han preferido seguir el camino de la violencia, sin embargo, él también decidió dar golpes y enseñar a los demás a darlos, pero no a otras personas, sino a un saco relleno de aserrín.

Liliana Pérez

Los caminos de la vida: las buenas y malas decisiones

Muchas de las jovencitas que hoy día eligen estar con un malandro por pensar que son atractivos simplemente no se valoran, comentó Liliana, quien es una adolescente víctima de la violencia por parte de un antisocial que un día decidió quitarle la vida a su padre luego de robarlo.

Liliana Pérez es una joven de 16 años de edad perteneciente a la parroquia San Agustín. Allí vive junto a su mamá, con quien ha tenido que luchar para “echar pa’ lante” desde que tenía 13 años para ayudarla a levantar su hogar.

“Hace tres años que a mi padre lo asesinaron. Él salió a comprar una bombona de gas y quisieron robarlo. Se opuso a que le quitaran su moto, y justo pasaba una patrulla de la policía durante el atraco, lo que hizo que el joven se pusiera nervioso y le disparara (…) Cuando me enteré estaba en mi casa con mi hermanita, una vecina me avisó. Al salir escuché que hablaban unos jóvenes, y con frialdad uno de ellos decía ‘es que mataron al papá de esta’, justo cuando yo pasaba a su lado. A los dos meses de matar a mi papá a ese muchacho lo asesinaron”, relató.

El padre de Liliana era el pilar económico de su hogar, quien llevaba el pan a la mesa mientras su madre se encargaba de la crianza de ella, su hermana y hermano. Desde que lo asesinaron, su mamá tuvo que tomar las riendas y salir a la calle a buscar trabajo.

“Mi madre se ha hecho cargo de nosotros. Comenzó a trabajar en una empresa de aseo y ha ido ascendiendo laboralmente. Pero no ha sido fácil”, explicó.

Liliana estudia Administración mención Turismo en el Colegio Don Pedro de Fe y Alegría, en San Agustín del Sur. Su sueño es estudiar Derecho o Estudios Internacionales en la universidad.

“Mi inclinación a estudiar Derecho debe tener mucho que ver con lo que me ha pasado. De una u otra forma me gustaría ayudar a las familias que son víctimas de estas injusticias, pareciera que en los tribunales se les brinda más apoyo a los victimarios que a las víctimas. Aunque el asesino de mi padre haya fallecido, asesinado también, eso no lo considero justicia. Pagar de una u otra forma en vida, por lo que has hecho, eso sí es justicia. Y es que no solo basta el apoyo familiar cuando ocurren los hechos delictivos de los cuales todos podemos ser víctimas, hace falta un apoyo mayor, de las leyes, del Estado”, aseguró.

La vida debe continuar

Para Liliana y su familia fue muy difícil sustentarse luego de su pérdida familiar. Sin embargo, han salido adelante, se han impulsado del modelo de trabajo y superación que dejó su papá. “Mi madre me ha dicho, luego ser una ama de casa, ‘yo he aprendido a vivir después de que tu padre murió’, porque tuvo que salir al mundo para sacarnos adelante. Esa es mi fuerza, su ejemplo”, comentó.

“Quisiera que hubiese justicia, y conocer los problemas del mundo. En la Fundación Embajadores Comunitarios creció mi interés por los estudios, me gustaba cómo quienes estaban en esa organización se expresaban, trabajaban, se comunicaban; he aprendido a trabajar en equipo, a presentarme frente a un público y poder comunicarme, he aprendido algunas técnicas de liderazgo (…) A mi papá le decían ‘El Líder’ porque colaboraba mucho en la comunidad, organizaba a los jóvenes los fines de semana para limpiar la zona, recoger y almacenar la basura, le gustaba que el entorno estuviese limpio. Él nos inculcó valores; respeto, amor, estudio, siempre estaba pendiente de nuestro rendimiento, se interesaba mucho en nuestras lecturas. Me gusta leer gracias a él. Quiero que él esté orgulloso de mí”, mencionó.

Cuando Liliana se entristece al recordar a su padre, trata de llenar ese vacío estando con sus amigos, con su familia, leyendo un libro o viendo una película, de esa forma trata de conseguir un poco de felicidad. Sin embargo, a veces suele cuestionarse sobre la labor que él hacía en su comunidad, porque considera que esta no ha respondido con suficiente responsabilidad.

“Aquel proyecto de limpieza que organizaba mi padre no siguió recibiendo el apoyo de todos, es como si solo colaboraran con basura y no con la limpieza. Me gustaría que mi comunidad fuese más unida, menos egoísta. Pero es que creo que ese sentido de responsabilidad, el tener valores, es una cuestión de familia, y desde niños deberíamos inculcar principalmente el respeto por los demás. Porque aunque no estemos involucrados con nuestra comunidad al menos debemos respetarnos”, aseveró.

Liliana vive en un edificio de la Misión Vivienda, y ella presencia cómo en una de las torres que tiene al lado venden droga a la vista de todos, sin el reclamo de nadie. “Yo sé que quienes se van por ese mal camino no han tenido el apoyo de sus padres, la familia no ha estado con ellos. A todos los jóvenes se les presentan dos caminos, el bueno y el malo, pero, ¿quién está ahí para decirle cuáles serán las consecuencias cuando escojan por cuál camino andar?”, se cuestionó.

A pesar de las circunstancias, Liliana Pérez decidió no tomar el mal camino, el violento, el de las malas consecuencias, bien puede ser por los valores que le inculcaron sus padres, o por haber tomado conciencia sobre las repercusiones de cometer malas acciones.

Alejandro Schembri

¿Nacionalismo o calidad de vida?

“Toda mi familia me dice que me vaya del país por todo lo que me ha pasado, pero aún estoy joven y tengo la esperanza de que esto se arregle”, mencionó Alejandro Schembri, quien se ha topado con la violencia en varias oportunidades, y en una de ellas a manos de un efectivo policial.

Salir, compartir y comer con sus amigos casi todos los fines de semana está entre los gustos preferidos de este joven. Sin embargo, uno de esos días, mientras regresaba a su casa, la voz nerviosa de un Policía Nacional Bolivariano detuvo a Alejandro para revisar sus papeles de circulación, por lo que él, sin ningún inconveniente, se bajó de su moto para hacerle entrega de los mismos, pero, ocurrió lo inesperado: el policía junto a otros tres funcionarios le pidieron las llaves del vehículo diciéndole “te agarró el hampa”.

Al resistirse al robo por parte de los efectivos forcejeó con uno de ellos, quien sacó su arma y le propinó tres disparos, el más grave impactó en su dedo pulgar, que le tuvieron que reconstruir. Pese a lo sucedido, Alejandro aún vive en Venezuela, y no quiere partir de esta tierra.

Salidas a discotecas caraqueñas, tomar con sus amigos y estar hasta altas horas de la noche en la calle ya no son sus prioridades, debido a que una de esas noches de disfrute y diversión, al llegar a su casa, cuatro hombres pertrechados con armas largas y cortas lo sometieron y se lo llevaron secuestrado mientras que de su casa, donde tenían a sus hermanos maniatados, sacaron televisores, prendas y demás objetos de valor.

“Toda mi familia me dice que me vaya, pero no está en mis planes. Yo sé cómo se mueven las cosas aquí. Venderé las motos y andaré a pie, no sé, pero yo no me voy”, aseguró.

Alejandro es dueño de tres negocios en el centro de Caracas donde venden prendas, perfumes y maquillaje. Espera retomar sus estudios en algún momento, pues se quedó en el octavo semestre de Arquitectura, sus padres lo motivan para que termine la carrera y obtenga su título. “Mi madre me dice que me va bien en el negocio pero que me gradúe”. Ellos, por la misma situación del país, ya tienen un año residenciados en Colombia.

“Me gustaría ejercer mi carrera y dejar a mi novia encargada de los negocios. Mi felicidad la consigo con ella, y en las motos, por supuesto”, aseguró muy sonriente. “Aunque ya no las saco, las arreglo, las lavo y las guardo, porque ahora vivo con un miedo encima, me pregunto si se me quitará esto algún día”, continuó.

A pesar de los altercados, Alejandro no ha pensado en ningún momento irse de su país. Él asegura no tener nada en contra de los que se van, pero por su parte guarda la esperanza de que todo se va a mejorar. Tiene planes de casarse y formar una familia, pero en ningún otro lado que no sea en Venezuela.

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