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Valientes: Víctimas resilientes

Las historias más allá de la cifra

Abraham:

“Mi hermano era vigilante, tuvo un problema con un compañero de trabajo y le cayeron a puñaladas y lo ahorcaron”.

Aracelis:

“Ellos (los policías) entraban a mi casa y me cobraban vacunas (dinero) todo el tiempo. Me decían que me quedara tranquila, que ellos no iban a hacerle daño a mi hijo. Él me comentó que lo que querían era meterme miedo. Yo le hice caso ese día y no les di nada. Es ahí cuando a Darwinson, de 20 años, me lo matan en el mueble de la casa”.

Jorge:

“A mi hijo menor de 25 años lo asesinaron. Una banda delictiva. Me comentan, porque yo no estaba cuando sucedió ese percance, que lo interceptan en una camioneta y empiezan a disparar, le dan 12 tiros pero en definitiva el tiro que lo deja sin vida es el que le roza en la cabeza”.

La violencia en los barrios de Caracas y en las demás ciudades de Venezuela es visto como un fenómeno cotidiano, como algo normal que forma parte del día a día y que no tiene solución. Los ciudadanos se ven impotentes porque sienten que no tienen capacidad de incidencia sobre esta realidad. Pareciera que la violencia, como hecho social, se ha normalizado. Sin embargo, son muchas las historias de resiliencia que demuestran el poder para transformar el dolor en acciones que influyan significativamente en lo colectivo y que contribuyen además, en el duelo de forma individual.

Abraham:

“Yo pensaba era en ayudar a mi familia y que se hiciera justicia, pensé fue en seguir adelante. Esta familia no busca venganza, es una familia católica, la venganza no es buena. Yo no soy quien para quitarle la vida a la otra persona”.

Aracelis:

“Mi mensaje para las madres es que sigan luchando por el país, que vamos a seguir adelante y que todo lo malo, tarde o temprano, terminará”.

Jorge:

“Yo no soy nadie para quitarle la vida a otra persona. Y de verdad que a los que mataron a mi hijo los trataba igualito, parece mentira que hasta esos muchachos jugaban aquí de pequeño con mi hijo, comían aquí, dormían aquí y lamentablemente entre ellos se fueron matando.”

Existen en las comunidades de Caracas un sinfín de historias como éstas, de personas que han sido víctimas de la violencia y que en vez de haber escogido la venganza como forma de superación del duelo, se han dedicado a trabajar por sus comunidades y la prevención de la violencia rescatando jóvenes, organizando actividades deportivas, eventos culturales y grupos de apoyo. Estas son el tipo de historias que hemos buscado impulsar desde Cuéntame Convive, una plataforma que publica y promociona los testimonios de estos héroes a quienes hemos llamado héroes de la convivencia.

A través de Cuéntame Convive abrimos un espacio para darle visibilidad a las historias de estas víctimas que hoy sirven de inspiración para otras comunidades. El formato en el que se narra la historia presenta el testimonio como un llamado a actuar que desmonta los mitos que se han construido sobre la violencia y las comunidades populares de Caracas, y motiva a trabajar por la prevención de la violencia.

Durante este año hemos publicado 27 historias en formato escrito, donde han resaltado líderes comunitarios que han formado parte activa de los proyectos de Caracas Mi Convive como forma de superación de la pérdida. También hemos publicado 4 historias nuevas en videos de larga duración, que suman más de 2 millones de reproducciones en diferentes redes sociales.

Este espacio para que los protagonistas de estas historias puedan expresar sus experiencias se ha convertido también en una oportunidad de reparación y superación de procesos de duelo, donde, a través del relato, los líderes comunitarios son capaces de acercarse también a la justicia que hoy en día parece imposible en Venezuela. Esta justicia se siente a través de la narración y publicación de la anécdota y la promoción de sus actividades actuales, que se abre como una oportunidad para recordar y humanizar la pérdida o trauma, una oportunidad de reconocimiento que nos permite ver el lado humano de la violencia, más allá de las cifras.

Cuéntame Convive es un proyecto que nos permite conocer de primera mano las vidas de estos héroes, saber dónde viven, cómo viven, qué les pasó, pero sobre todo: qué están haciendo ahora y como están previniendo la violencia en sus comunidades.

Hoy en día personas como Abraham, Jonathan, Elizabeth, Miguelón, Aracelis y Doris, son algunos de los convives que nos acompañan en nuestro trabajo de prevención y desnormalización de la violencia dentro de las comunidades del Municipio Libertador, y son promotores del cambio que queremos lograr en estos sectores. Para el 2018 nos hemos planteado llevar estos relatos a otros espacios y formas de difusión: hemos organizado charlas y conferencias donde los protagonistas de las historias pueden conversar directamente con jóvenes o personas que atraviesan procesos similares para que interactúen y sirvan de ejemplo para las próximas generaciones. El planteamiento es llevar este proyecto más allá y atajar de forma directa los casos sobre los cuales aún se puede prevenir la violencia.

Fabiola Morachini

De tripas corazón

“Yo lo poco que he tenido me lo he ganado honradamente y siempre le he inculcado eso a mis hijos, los valores de la humildad, el respeto. A mí no me tocó de otra que salir a la calle a trabajar para mantener a mis hermanos, mis hijos y a mi mamá”.

“Mi vida fue feliz hasta que mi mamá se enfermó. Se derrumbó la familia. A los 18 años abandoné los estudios para hacerme cargo de ella. Estuvo 26 años en silla de ruedas a causa de varios ACV hasta hace 3 años que murió.

Me tuve que encargar de mis hermanos. A ambos los mataron, uno a los 17 y al otro a los 16. Los malos caminos los llevó a eso; varias veces estuvieron presos. Viví el calvario que viven muchas madres al tener que visitar a sus hijos en las cárceles. A mí se me escapaban de las manos, yo apenas tenía 18 años.

Mi hermana cayó en las drogas y eso ha sido peor que padecer cáncer. Le digo que tiene que luchar por sus hijos pero no lo hace.

Cuando mi madre estaba enferma hice de todo para poder llevarla a hacerse sus exámenes en el hospital, trabajé hasta cargando material de construcción. Pero todo lo que he hecho y tenido lo he ganado honradamente. Eso siempre se lo digo a mis hijos; hay que cuidar la humildad, el respeto, el amor.

Soy madre de dos hijas y un varón que adopté de 3 meses, la mamá del niño me lo dejó para que se lo cuidara y hoy día ya tiene 23 años, nunca volvió por él. Incluso me acusaron de que me lo había robado, gracias a la comunidad que atestiguó a mi favor no terminé en la cárcel”.

Una casa o la perdición de la juventud

“En una oportunidad perdí mi casa, se derrumbó debido a un árbol que está en la parte posterior. Busqué ayuda en los entes competentes y no he recibido respuesta, la única vez que la recibí, la cooperativa encargada se robó el dinero. Anduve en la calle, me vi con el escaparate y la cama en la acera, tocaba puertas y me decían ‘se pueden quedar los niños pero tú no’ o ‘se queda uno y otro no’ y en varias oportunidades me tocó dormir afuera de la escuelita con mis hijos en los brazos y los otros durmiendo en las otras casas.

Siempre he querido una casa para mi familia. Sé que algún día la tendré. Mientras, le he ensañado a mis hijos que hay que disfrutar lo que Dios nos da en el momento. Y creo que he sido un buen ejemplo para mis hijos: todo en la vida es un sacrificio. Pedir prestado es siempre mejor que robar.

Ahora mismo pienso que mi tormento es mi sobrino, que se ha ido desviando del buen camino. Tener una casa no me angustia tanto como perderlo a él. Es muy difícil porque tiene 15 años y su propia madre es quien lo invita a fumar y a tomar, no es fácil crecer sin una madre que haga de madre. A esa juventud hay que darle mucho amor, dedicarse por completo”.

Del corazón viene la fuerza

“Mis hijos me han motivado a salir adelante, también merecemos vivir mejor, siempre les he dicho que nunca esperen que les traigan las cosas, ellos tienen que ir a buscarlas de buena manera. Quiero darles algo mejor a mis hijos.

La felicidad que más deseo, más que tener casa, es conseguir paz espiritual. He sufrido mucho pero la fuerza para seguir la saco del corazón. Tengo fe en que Dios me va a conceder ese deseo.

Estoy orgullosa de mi comunidad por el apoyo, es unida pero muchas veces hay discusiones por posiciones políticas. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que salga adelante. Si empezamos a trabajar sí que se lograrán muchas cosas buenas”.

Robert Demmer

Robert Demmer: Si buscas la justicia por tus manos,  esta va a arremeter en tu contra y no te favorecerá en nada

“Fue un día de Santa Bárbara. Venía de la segunda calle de la Ceiba en San Agustín, con un compañero de infancia, veníamos de la celebración cuando nos conseguimos a un grupo de malandros en una de las encrucijadas del barrio, pero como eso es algo cotidiano, no le presté mayor atención. Seguimos caminando y cuando llegamos a la cancha donde desembocan todas las calles, me doy cuenta que eran los malandros del barrio vecino.

Yo conocía a uno de los delincuentes, cuando me vió me dijo ‘muchacho qué haces por ahí, anda, vete para tu casa’. Seguimos en la vía caminando rápido cuando uno de los malandros, que le dicen “Garitero”, le disparó a mi compañero en una pierna. Lo hizo por maldad, porque estaba drogado. Cuando me iba a disparar a mí, corrí lo más rápido que pude hacia unas escaleras y por los efectos de la misma droga asumo que no me vió. Seguí hasta una zanja donde drenan el agua y me lancé, la caída fue aparatosa, desde entonces se me disloca el brazo.

Me resguardé por un tiempo y al salir oí a mi compañero llorando, agonizando del dolor, entonces fui a su rescate. Lo tomé por los brazos y me pidió que lo ayudara, pero el malandro regresó al lugar y yo cargué a mi amigo y lo llevé a rastras por las escaleras. El sentido humanitario me decía que no podía dejarlo ahí moribundo. El malandro siguió disparando contra nosotros y uno de los tiros le entró por el abdomen y le salió por el tórax, casi lo mata. En ese momento me caí porque no podía más con el peso, yo estaba todo lleno de sangre. Los vecinos se dieron cuenta del altercado y comenzaron a gritar para que ya no siguieran disparando. Fue nuestra salvación.

Mi amigo duró hospitalizado mucho tiempo para poder recuperarse, aunque no del todo. Desde entonces no fue la misma persona, la herida le afectó el páncreas y comprometió otros órganos”.

No hay violencia si hay hogar

“El problema de la violencia viene de familia, se han perdido mucho los valores, porque donde se ve a un padre con una mala actitud, téngalo por seguro que su hijo va a ser igual o peor que esa persona. Si no le inculcan valores a los niños en el hogar, va a ser muy difícil tratar de moldear las malas costumbres, eso tiene que ser desde el inicio, desde el hogar.

La venganza no conlleva a nada bueno, la violencia lo que genera es más violencia. Si buscas la justicia por tus manos, la misma justicia va a arremeter en tu contra y no te va a favorecer en nada. Muchas personas en los barrios se cohíben de hacer una denuncia en la policía por miedo a que luego agredan a sus familiares”.

Forjar un futuro pese a las dificultades

“Ahora estoy pasando por una etapa de mi vida bastante triste, me separé de la mamá de mis hijos. Me ocurre algo parecido a lo que me pasó cuando era un niño. No sé los motivos por los cuales mis padres se separaron, nunca me dieron una explicación del por qué yo crecí sin un papá, sin una figura paterna, prácticamente sin mi madre porque se la pasaba trabajando.

Mi hermano menor y yo contábamos con mi abuela, pero era una señora mayor. La que cumplía el rol de madre con nosotros, quien era mi tía, murió de un impacto de bala en el corazón por los malhechores del barrio.

Aunque seguía siendo un niño, tenía que ayudar a mi mamá de alguna manera, tenía que sacrificarme. Mi mamá estaba sola y mi hermano menor estaba bajo mi responsabilidad. Yo tenía que trabajar.

Después de cumplir con mi rutina escolar me escapaba y me iba al Estadio Universitario, aunque no me dejaban entrar porque era menor de edad, era astuto y me colaba. Hice amistad con las personas que vendían en los quioscos, me daban un balde con 12 bombas (refrescos) y las vendía. Cuando era la Serie del Caribe y llegaban equipos de otros países, me daban propina en dólares.

Cuando comencé a verle el queso a la tostada, llegué a la casa con 300 bolívares, y me acuerdo que la pela que me dio mi mamá fue horrible porque pensó que yo estaba robando. Unos morochos que vivían en la cuadra de enfrente y que me veían trabajando le dijeron que estaba trabajando. A mi mamá de inmediato se le salieron las lágrimas.

Si pones tu vida en una balanza y te ponen dos caminos para que escojas, está en ti que elijas el camino malo o el bueno, y créeme que la mayoría de los que escogieron ese camino de la violencia, de la vida fácil, están muertos, presos o son drogadictos. Si yo hubiese escogido ese camino y no el de ganarme tres centavos trabajando, hubiese terminado igual”.

Hoy día Robert Demmer es un hombre de bien, estudió y se graduó de TSU en Administración, Organización y Sistemas, aún vive en San Agustín y trabaja como supervisor del Metro Cable de su comunidad.

Aura Rengifo

Aura Rengifo: Lo que hace falta es patear el barrio

“Hasta el más grosero, hasta el más malandro, yo siempre con educación los estoy combatiendo. Ellos son seres humanos igual que nosotros, no tienen a nadie que los oriente, que los ayude, si se consiguen a una persona que les da educación y respeto, ellos sentirán respeto”.

Ella es Aura de Rengifo, una señora querida por muchos en su comunidad. Es madre, educadora y líder comunitaria. Proveniente de Colombia, de la Guajira, llegó a Caracas teniendo tan solo 10 años y trabajó en una peluquería en donde conoció al amor de su vida, Esteban, con el que se casó a los 24 años y formó su hogar en el barrio La Luz en La Vega.

Con el paso del tiempo, Aura conoció a muchas madres del barrio y más adelante comenzó a participar en la comunidad, logró ser presidenta de la junta comunal durante varios años. Fue fundadora de la escuela San Miguel y ayudó a conseguir el equipamiento para el recinto escolar. Actualmente no ha dejado de contribuir con el desarrollo educacional de su comunidad porque “un líder se hace responsable de todo en lo que participa”, explicó.

“Veía a la población de la comunidad sin un colegio donde estudiar, me di a la tarea de recoger a todos los niños, y en la casita de enfrente los metí. Conseguí pupitres, pizarrón, entre otras cosas, y les dábamos clases. Me movía por todas partes para conseguirle cupo a todos los muchachos en distintas instituciones”, comentó.

Aura fundó hace años el Grupo Rescate, a través de él reclutó jóvenes con problemas de conducta, de drogas y alcohol, les enseñó poesía, canto, baile y demás actividades. Vivió de cerca la violencia al enterarse de la muerte de dos chicos a los que ayudaba; a uno le arrebataron la vida de 15 disparos, participaba en los bailes de los eventos que organizaba para la comunidad; el otro joven era un estudiante de la Universidad Central de Venezuela, aún se desconocen las razones de su asesinato.

Esta líder comunitaria no solo sintió esa pasión por ayudar a los niños del barrio sino a las personas de la tercera edad, ella hacía lo necesario para conseguirle los medicamentos o cualquier otra cosa que necesitaran. Si había algún vecino enfermo, buscaba la forma de ayudarlo.

“En el Este es un mundo y en el barrio es otro. El mundo del barrio es muy fuerte, hay mamás que por sus condiciones económicas dejan a sus hijos solos por tener que ir a trabajar, la mayoría son madres solteras o son viudas porque les han matado el esposo. Los niños son los que más sufren en la comunidad”, explicó Aura.

Esta líder comunitaria encuentra su felicidad en los trabajos sociales que realiza, en sus hijas y en su fallecido esposo, al que le agradece por toda la compresión y cariño que le brindó por tantos años. Siempre ha creído en la unidad de la familia.

Según Aura, para que la comunidad haga cosas buenas hay que ponerle ganas y corazón. “Ahorita el liderazgo está fuerte, hay mentalidad de odio, el ‘yo’ por delante. Hay que volver a motivar a la gente porque no les gusta ir a las asambleas, dicen que siempre es lo mismo. Hay que volver a traerle a la gente lo que se merece: respeto, ayuda y apoyo. Hay que empezar desde abajo, casa por casa. Aquí lo que hace falta es patear el barrio”, señaló.

Wilmer Benavente

Wilmer Benavente: En la convivencia está la fortaleza

“Soy el tercero de cuatro hermanos. Siempre fui el niño rebelde de la casa, el más agresivo. Si a ti te dan palo, tú también los vas a dar. Yo andaba en una vida veloz; en el mundo de la calle uno ve cosas como drogas, alcohol, mujeres (…) me la pasaba robando, hasta que en un momento me tocó la justicia. Mis amigos me abandonaron y mi esposa me hizo reflexionar, me mostró que la vida era distinta, me dio una oportunidad”, relató Benavente.

Wilmer Benavente es un hombre de 41 años de edad que nació en la parroquia capitalina La Pastora. Vivió hasta los 17 años en la Urbanización Obrera Municipal Lídice, hasta que sus padres lo llevaron a Altagracia de Orituco, un pueblo del estado Guárico. “Allí tuve ciertos altibajos y por eso me devolví a Caracas, con muchos tropiezos”, mencionó. “Yo soy el más rebelde de mi familia. Mis dos hermanas estudiaron y mi hermano tiene una profesión”, agregó.

Para Wilmer, uno de esos tropiezos significó ser padre siendo muy joven. Habiendo alcanzado apenas la mayoría de edad, tuvo que asumir la responsabilidad de criar un hijo, en este caso, a una niña, que hoy día tiene 23 años de edad.

“A mis 22 conocí a alguien maravilloso: mi esposa Yusbeli Luz”, comentó. “Ya vamos para 20 años de casados. Ella me demostró que la vida era distinta justo cuando yo me la pasaba en las calles robando”, agregó.

Wilmer estuvo preso durante 15 días en el Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin). Para él, esta fue una experiencia “dura y represiva”. La razón por la que cayó en la cárcel fue por realizar un mal negocio en el que lo traicionaron sus amigos, según relató.

Sin embargo, por su esposa decidió no vengarse de quienes lo habían traicionado. Su mujer lo convenció de ello y lo animó a dejar los malos pasos. “O te sales de esa vida, o me salgo de tu vida”. Esas fueron las palabras de Yusbeli que hicieron ver a su marido que el camino que estaba eligiendo para llevar su vida no era el adecuado, por lo tanto, ella no lo acompañaría en ese sendero de malas andanzas.

Wilmer nos contó que muchos de sus amigos y vecinos “cayeron en el malandreo”. Su compadre era un “líder de vida”, como así le llamaba. “Lo metieron preso pero salió y le propinaron 4 tiros. Era el único varón en la familia, así que nadie persiguió al asesino, pero la misma mafia mató al criminal un año después”, comentó.

Según Wilmer, “la clave para bajar la inseguridad es una buena educación; que haya trabajo y que hayan cuerpos del Estado eficientes (…) hay mucha corrupción, hay desconfianza porque ellos son los primeros que infringen la ley”.

Para este hombre, cuyo pasado delictivo le hizo ver la vida desde otra perspectiva, considera que existe la necesidad de una política de reinserción social que recalque valores como la hermandad, para que la comunidad trabaje como una familia y así se evite fomentar la violencia entre los miembros de la misma.

Wilmer asegura que con las latentes agresiones que se viven en los barrios y diversas localidades, es más difícil que los jóvenes cambien y quieran unirse a actividades que realmente traigan beneficios para la sociedad.

Una oportunidad de cambio

Hace tres años Wilmer tuvo la oportunidad de conocer la labor del movimiento social Caracas Mi Convive, organización que se basa en promover la convivencia mediante actividades que estimulen la disminución de la violencia.

Esta organización le propuso un entrenamiento para que tuviera las herramientas necesarias para liderar un espacio en su comunidad en La Pastora que sirviera como agente de cambio para todos los niños de su zona. Wilmer tiene un cariño especial por los más pequeños, él sueña con volver a tener una convivencia como, según él, antes se veía en su sector.

“Caracas Mi Convive es gratificante, es un granito de arena que le pones a la vida. Ofrece nuevas oportunidades como ver una obra de teatro o hacer sancochos comunitarios. Yo me centro en los chamos porque ellos están escribiendo la historia”, manifestó. “Las circunstancias de la gente humilde son la que los lleva a cometer errores. Cuando robas ves la vida más fácil, pero para un malandro solo hay tres chances: muerto, preso o perseguido”, aseguró.

Tanto Wilmer como muchos venezolanos piensan que “cada día los políticos son más excluyentes con la sociedad. No les interesa la comunidad, solo vienen al barrio a tomarse la foto. Lo que les importa es el puesto y nada más”, aseguró.

No obstante, este hombre asegura que Caracas Mi Convive está dando nuevas oportunidades, está arrojando un cambio.

“En la convivencia está la fortaleza para que en todas las comunidades haya un cambio trascendental. Nosotros estamos escribiendo una nueva historia en las comunidades, y eso es por no nos enganchamos al pasado, porque del resentimiento es que proviene la violencia”, aseguró nuestro convive, Wilmer Benavente.

Keyber Graterol

Del mal ejemplo a una lección de vida

“Mi tío fue una figura de lo peor. Robaba reproductores de carro, me robó un walkman, hasta mis ‘Niños Jesús’ me los robaba. Mi abuela y mi mamá lloraban por él (…) Mi tío cambió gracias a ellas, que lo internaron para que se acomodara. Después él salió y lo metieron preso. Cayó en la cárcel ocho veces. Luego de la última vez se acomodó y consiguió un trabajo en Coca-Cola. Después tuvo un accidente, una fractura de cráneo y murió”, relató Graterol.

Keyber Graterol es un joven de 26 años de edad cuya vida no ha sido fácil. A los tres años tuvo su primera pérdida, la de su padre, ausencia que lo marcó de por vida y lo llevó durante su niñez a la rebeldía. Este joven tiene 23 años viviendo en La Pastora, una popular parroquia del Municipio Libertador de Caracas. Junto a su madre y sus cinco hermanos; cuatro varones y una hembra, vivió bajo el mal ejemplo de su tío, un hombre vicioso que, según Keyber, “andaba en malos pasos”.

Entrando en la adolescencia, cuando estaba por empezar el bachillerato, tomó la decisión de no estudiar más, tenía ganas de trabajar pero realmente andaba de “vago”, como se llamaba a sí mismo.

“Mi historia comenzó con mi bicicleta, iba con ella pa’ arriba y pa’ abajo (sic). Coleaba a las camionetas (…) Estaba por ahí todo el día sin nada qué hacer, burlándome de todo aquel que pasara frente a mí. Andaba con mi bicicleta como un vago pidiendo dinero, estaba sucio. Mi mamá se molestaba y me espichaba los cauchos con un cuchillo, pero yo no le paraba”, recordó.

A raíz de esta actitud que tomó, su tío lo invitó a visitarlo a la cárcel.

“Me di cuenta de que eso era lo peor del mundo. Nada más en la entrada te dan la peor bienvenida. La Guardia te manda a quitarte la ropa, los pantalones, ‘agáchate’, me decían. Me agarraron el pantalón y me tumbaron todas las monedas que tenía. Yo estaba con mi abuela, la bolsita de comida que fue a llevarle con un sándwich se la quitaron. Cuando entré, lo que escuché fueron gritos, parecía un gallinero. Comencé a subir una escalera de hierro y, cuando llegué arriba, vi a mi tío con una hojilla, que tenía un lápiz traspasado de soporte, afeitándose la cabeza. Yo arranqué a correr y me puse a llorar. ‘Mira como vivo’, me dijo, ‘Así voy a vivir el resto de los años que me quedan aquí. Ponte a estudiar, en lo que salgas de aquí tienes que ponerte a estudiar. Si caes en la calle vas a llegar aquí, así como estoy yo’. Eso no se me olvida nunca”, aseguró.

Luego de esa experiencia, Keyber decidió tomar otro camino en su vida. Al pasar los años, al convertirse en un hombre, encontró el amor; formó una familia con la que hoy día es madre de su hijo. También comenzó a trabajar de plomero durante año y medio, lo que le permitía sostener su hogar y, a su vez, ahorrar para comprarse su primera moto, esa con la que trabajó de moto-taxista durante dos años.

“Un día mi hijo se enfermó, fuimos al hospital a buscar el resultado de un examen. Yo dejé la moto afuera, entré al sitio y cuando salí, ya la moto no estaba, me la robaron. Ese era mi medio de transporte, el de mis ingresos (…) Me la robaron el 9 de abril del 2010. Me jodí porque yo estaba pendiente de la vida de mi hijo”, relató.

A pesar del altercado, este joven siguió trabajando y reuniendo dinero para poder comprarse otra moto. Una vez que lo hizo laboró con ella como mensajero hasta que, por segunda vez, lo volvieron a robar.

“Un día me paré en el Bicentenario de San Bernardino, entré a comprar algo y cuando salí, la moto ya no estaba. Eso fue a una cuadra del Hospital de Niños, donde me habían robado la primera. Yo volví a poner la denuncia. ‘¿Otra vez tú aquí?’, me preguntaron los policías. ‘Tranquilo, después te comprarás otra motico’, me dijeron. Mi hermano tenía una moto guardada, estaba toda esperolada (sic) y me la prestó. Poquito a poco la fui acomodando hasta que quedó fina y la vendí. Luego me compré otra que me robaron, otra vez”, explicó con desdén.

Del dinero que Keyber recibió al vender su segunda moto, logró comprar poco a poco los recursos que necesitaba para hacer su miniteca, esa que actualmente se ha convertido en su sostén de hogar y en la causante de muchas alegrías en su comunidad. Con los ingresos que esta le generó logró comprar su tercera moto, que le robaron, esta vez, de forma violenta.

“Era un lunes y estaba yendo para el colegio con mi hijo y mi esposa. Mientras iba en camino, un chamo me apuntó de lejos y dos más se acercaron y me pusieron una pistola en la cabeza y nos obligaron a bajar de la moto. Le pedí que no me matara. No pasó absolutamente nadie. El niño se veía muy nervioso. Esa moto sí que me dolió. Me la quitaron en el 2014”, recordó.

Del rencor a la comprensión

Este joven caraqueño, decepcionado por haber sido una y otra vez víctima del hampa, decidió dejar el rencor de lado y no tomar la justicia por sus propias manos sino redireccionar su vida y dedicarse a otra labor. Lentamente, con sus pocos recursos, logró hacer su miniteca, con la que lleva “el pan de cada día” a su hogar.

“Todo el mundo por acá (en La Pastora) me conoce. Hago bromas con los niños, saco mi miniteca los diciembres para que toda la comunidad disfrute… El pasado diciembre fue lo mejor, toda la gente me felicitaba por lo que hacía (…) Así como me he recuperado tres veces puedo recuperarme mil veces más. Estoy completamente sano y mi cerebro funciona perfectamente bien para seguir trabajando. Me concentro en conseguir mi sustento para ayudar a mi familia y para ayudar a quien pueda”, señaló Graterol.

La felicidad para Keyber es la música, como él mismo asegura, por eso es que en sus últimos años se ha concentrado en desarrollar su carrera como DJ, a pesar de no contar con todos los recursos necesarios para hacerse un camino en el mercado de la música electrónica en el país. Sin embargo, ya es conocido entre su comunidad y en zonas aledañas de Caracas como Maracay y La Guaira, lugares en donde le salen muchas contrataciones para animar con su música diversas celebraciones.

“Yo empecé con ‘clavo y madera’. Tenía unos audífonos americanos que me regalaron y se los cambié a un pana por las cornetas. Fui a la avenida Sucre y me compré una tabla, la piqué yo mismo y me hice la mesa para las cornetas. Con eso empecé a hacer fiestas. Me va bien, gracias a Dios, siempre me contratan (…) Ya estoy pulido en esto, en lo que tenga los equipos me animo a tener un local. Pero, bueno, con lo que tengo ahorita me conformo”, manifestó.

A pesar de que Keyber se dedica a hacer lo que le gusta y disfruta de ello, no todo ha sido sencillo para él, se ha conseguido obstáculos en el camino que han puesto en duda su remisión ante el rencor.

“Tuve un mala experiencia con la policía. Estábamos fuera de mi casa, en el barcito, todos los vecinos, y venían persiguiendo a un muchacho de no sé dónde y llegaron ellos. Nos dijeron que el chamo se había escapado por nuestra culpa, y me partieron las cornetas. Uno de los policías sacó una navaja y la abrió. Sentí ganas de darle una paliza pero me controlé. Todo lo que pierdes en la vida que sea material se recupera. Agarré la broma, le eché un poquito de pega y siguió sonando. Así suena todavía”, explicó.

Hasta ahora, este joven ha preferido dejar de lado los problemas y no resolverlos con violencia. Actualmente tiene un proyecto con los niños de su zona, con esos cuyos padres no tienen los recursos para llevarlos de paseo por la ciudad. Keyber se encarga de divertirlos y de crearles un ambiente ameno donde los niños puedan entretenerse y no desgastar su tiempo libre en malas andanzas. Con un poco de música de su miniteca y unas cuantas “peloticas de teipe”, crea un ambiente sano en su comunidad para el disfrute social.

“A los chamos que andan en malos pasos les aconsejo que si se sienten solos busquen hablar de sus problemas porque muchos de los jóvenes se encierran en ellos mismos y caen en malos pasos (…) Yo tengo que mantener mi hogar, si tomo la decisión de robar no correría con suerte. Tengo a mi hijo. Eso nunca lo pensaría hacer. Uno tiene que pensar en su familia ¿Tú vas a salir a joder a la gente sin saber si tienen hijos? ¿Los matarías por un celular? Eso no vale más que tu vida (…) Todo en la vida llega solo, siempre y cuando lo busques por bien”, aconsejó Keyber Graterol.

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