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Los rastros de la OLP

Crecer con miedo

“Tócame el corazón”, comentó Juan, luego de que un grupo de 10 policías uniformados y con armas largas, medianas y cortas, pasara en absoluto silencio y con el dedo en el gatillo frente a la pieza donde su madre cocina para los niños de Alimenta La Solidaridad. “Me asusté”, dijo poco después, enseñando sus manos temblorosas.

Juan tiene 10 años, vive en la Cota 905 y sabe diferenciar a los funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) de aquellos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim), cuerpos policiales que responden a la Organización por la Liberación del Pueblo (OLP). Juan sabe que “los de negro” -como les llaman a los funcionarios del Sebin- entran a las comunidades con los rostros cubiertos y objetivos extrajudiciales, sabe incluso en qué paredes se encuentran las marcas de las balas que le quitaron la vida a los vecinos de su sector.

Así como Juan, los niños de muchas comunidades populares son víctimas de la violencia estatal, producto de las políticas de mano dura implementadas por el Estado. Su realidad está empañada de actos violentos como enfrentamientos armados, balas perdidas, allanamientos, desapariciones forzosas y ejecuciones extrajudiciales. Se vuelven víctimas al no poderse sentir seguros en su propio hogar y al saber que sus padres no pueden garantizarle esa protección, son víctimas por reconocer el sonido de un arma de fuego al activarse y saber cómo, cuándo y dónde cayeron los jóvenes en manos de la policía u otras personas que creyeron resolver un conflicto con un arma.

Vivir en una comunidad afectada por la violencia armada tiene consecuencias tanto para los niños victimizados de manera directa como para aquellos que son testigos o se sienten amenazados en dicho ambiente (Naciones Unidas, 2016). Son niños que están creciendo en un clima de inseguridad, miedo y violaciones a los derechos humanos que pone en riesgo su bienestar y desarrollo cognitivo, emocional y conductual.

La confianza en sí mismo y en otros es la base para el desarrollo de los pequeños y depende, en gran medida, de la capacidad que tiene la familia para responder a sus necesidades y proveer un nivel de cuidado constante. Para un grupo familiar que hace vida en una comunidad afectada por la violencia los niveles de cuidado y protección se ven comprometidos, afectando el desarrollo (Erikson, citado en Craig, 1992).

Secuelas de la violencia

Los niños como Juan consumen su energía en aprender normas implícitas de seguridad, en su propia defensa o en los miedos o terrores producidos por la violencia, perjudicando de esta manera el desarrollo de sus habilidades sociales y académicas (Halpern, 1990). Las secuelas de la violencia pueden presentarse en distintas esferas de su desarrollo: pueden tener dificultades en su trato con otras personas, aislarse, manifestar rebeldía y hostilidad, padecer de memoria distorsionada y capacidades cognitivas comprometidas, pueden incluso tener dificultades para imaginarse a sí mismos desempeñando un papel importante, lo que limita su vida futura (Torres-Fermán et al., 2012).

Como una enfermedad contagiosa, la violencia se transmite entre individuos y a través del tiempo. Los niños expuestos a la violencia suelen incorporar la ira como forma de responder o actuar ante el ambiente, lo que incrementa el riesgo de perpetuar y reproducir en su vida adulta comportamientos violentos. Crecen, además, con la creencia de que portar y utilizar un arma es normal y que además les otorga el reconocimiento y respeto de los otros. Crecen con una percepción distinta e ínfima del valor de la vida.

Las políticas de mano dura como estrategia o recurso solo generan más dolor y violencia. Su ejecución restringe aún más las oportunidades de crecimiento y desarrollo de las comunidades populares y las personas que allí hacen vida. En este sentido,  la construcción de relaciones interpersonales positivas, el apoyo emocional y la convivencia cobran una mayor relevancia en lo que es el afrontamiento y la compensación de estas adversidades.

Desde Caracas Mi Convive trabajamos día a día para que situaciones como la que tuvo que presenciar Juan no se repitan más, para que todas las personas y principalmente los niños, que son el futuro de nuestra nación, no se conviertan en víctimas de la violencia armada por parte de cuerpos policiales del Estado. Es por ello que junto a siete países más de Latinoamérica formamos parte de la campaña regional llamada Instinto de Vida, para exigir la reducción de homicidios y que la violencia se aleje definitivamente de la vida de tantos niños.