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Conozca nuestras 2 publicaciones

Presentamos dos publicaciones destinadas a poner en evidencia las dos caras de una circunstancia que impacta la realidad cotidiana de los caraqueños: las políticas de “mano dura”.
Se trata de dos investigaciones. La primera de orden cuantitativo, titulada “Bajo Tierra, las muertes por parte de organismos públicos y el aumento de las muertes violentas en Caracas”, la cual constituye un levantamiento exhaustivo de datos sobre el dañino efecto de las políticas más recientes de seguridad ciudadana en la capital, con cifras duras sobre los operativos en diferentes segmentos: dónde se cometen las ejecuciones extrajudiciales, cuáles son sus principales víctimas, cuáles municipios registran mayor actividad, y sobre todo, quiénes cometen los crímenes. Esta publicación ha sido posible en el marco de la alianza para el Monitor de Víctimas con Runrun.es y el apoyo de Reacin (Red de Activismo e Investigación por la Convivencia).


La segunda constituye una investigación cualitativa, un esfuerzo por recoger el testimonio de los familiares de víctimas de ejecuciones extrajudiciales, convertidos también en víctimas, y cómo sobrellevan el desconcierto por su pérdida, su lucha por reivindicar a sus seres queridos asesinados, y cómo canalizan su voluntad de evitar que se siga multiplicando la violencia policial como “método” de seguridad ciudadana. Esta publicación se titula: “Cuando suben los de negro, experiencias de duelo en víctimas de violencia policial”.
La presentación de ambos documentos, únicos en el país (necesarios debido a la desinformación oficial sobre estos temas de gran magnitud) se realizó en la librería Alejandría (antigua Lugar Común), sede Las Mercedes, y contó con una conversación sobre sus principales aportes a cargo del experto en violencia urbana  José Luis Fernández Shaw, así como de Frima Udelman, Santiago García y Guillermo Sardi, quienes forman parte del equipo investigador de Caracas Mi Convive.  Descarga los documentos en forma gratuita, aquí

Retratos contra la impunidad

Código 62, retratos contra la impunidad

El pasado jueves 19 de julio inauguramos en el tercer piso del Centro Cultural Padre Carlos Guillermo Plaza s.j. de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), la exposición fotográfica Código 62, retratos contra la impunidad: una composición de retratos bajo el lente de Gabriel Osorio y relatos de familiares que pretende visibilizar los efectos desgarradores e irreversibles de las políticas de mano dura (la militarización de la seguridad ciudadana) sobre las familias de los sectores más vulnerables y excluidos de Caracas, cuyos hijos, nietos y hermanos han sido víctimas de ejecuciones extrajudiciales. Las historias, narradas por los mismos familiares, sirven como un acto de denuncia, pero también dan testimonio de un movimiento que surge de quienes desde el primer día se oponen al silencio y la impunidad del Estado.

Verónica Zubillaga, sociólogo experta en violencia de la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (Reacin) en el foro «Qué derechos? Una aproximación a la violencia policial»

Para contextualizar la exhibición, la jornada inició con un foro presentado por el Monitor de Víctimas llamado ¿Qué derechos?: Una aproximación a la violencia policial, encabezado por Lorena Meléndez, periodista de investigación de Runrun.es, Verónica Zubillaga, sociólogo experta en violencia de la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (Reacin), y Santiago García y Juan Francisco Mejía del equipo del Monitor de Víctimas de Caracas Mi Convive.

¿Qué hay detrás de Código 62, retratos contra la impunidad?

Código 62 se realiza en el marco de la Red de Atención a la Víctima, cuyo objetivo es poder servir de puente entre lo privado y lo público; entre la vivencia individual de la pérdida y el señalamiento a los responsables, la politización del dolor de quienes sistemáticamente han sido, y continúan siendo, víctimas de abusos por parte del Estado, cuidando siempre la integridad y seguridad de quienes confían sus historias. 

Exposición Código 62, Centro Cultural Padre Carlos Guillermo Plaza s.j., UCAB

Los retratos y relatos de los familiares no solo reflejan cómo los familiares vivieron los acontecimientos, también rinden homenaje a ellas, principalmente mujeres, que se han propuesto lidiar con el dolor de la pérdida a través del activismo. Pero, ¿qué hay detrás de la planificación de una exposición que pretende visibilizar violaciones de Derechos Humanos?

Nos encontramos con el temor de las personas y organizaciones propietarias de tres espacios donde solicitamos hacer la exposición, antes de dar con el Centro Cultural de la UCAB; con miedo de ser, también ellos, víctimas de estos abusos policiales. Entendemos que en cierta medida ya son (somos) víctimas de la intimidación que lleva a optar por el silencio, que lleva a procurar la preservación de lo propio, a pesar del nivel de malestar que esto pueda producir por lo ajeno: no lo entendemos como falta de empatía sino como la reacción natural ante los mecanismos de control social que se perciben cada vez más cercanos.

El proceso de construcción de la exposición pasó por proponer la idea y desarrollar sus objetivos: tomar las fotografías a los familiares sosteniendo un retrato de su ser querido, levantar las historias, transcribirlas, sintetizarlas, volver a sintetizarlas y por último, hace un par de semanas, nos reunimos con las homenajeadas para revisar sus impresiones sobre la redacción de las historias, para hacer las modificaciones que consideraran necesarias y aprobaran las versiones finales de sus historias, tal como habíamos acordado que haríamos. Después de todo, son ellas quienes nos prestan ese pedacito de su vida para articular una movilización que permita visibilizar los abusos del Estado y el dolor que los acompaña, desde la perspectiva del familiar de la víctima.

Las madres revisando sus historias

Pero lo más importante, en el trabajo con las homenajeadas (las madres y otros familiares de estos jóvenes), nos encontramos con dos caras de la misma moneda: por un lado el deseo de guardar silencio, de dejar a un lado el dolor solamente por un momento, nos encontramos con la culpa y la impotencia frente a la pérdida inesperada, abusiva y violenta, con la desesperanza y el miedo de enfrentarse a un sistema judicial con poca disposición a hacer justicia, nos encontramos con el deseo, a veces latente y a veces explícito, de “normalidad”, de que todo sea como antes.

Sin embargo, nos encontramos también con la valentía y perseverancia de seguir, semana a semana, sus casos y denuncias en las instituciones públicas competentes, nos encontramos con el deseo de asignarle palabras al horror que no puede ser nombrado, de ponerle fecha, hora y responsable a lo ocurrido, nos encontramos con el ambiente solidario y empático de quien comparte la experiencia, pero también de quien la escucha y pone a la orden un abrazo comprensivo; nos encontramos con la ilusión y la esperanza de lograr el reconocimiento de la vida del hijo a través de la visibilización de su historia, tanto dentro de su comunidad como en otros espacios, como la exposición, como una manera de sentirse conectadas de alguna manera con su hijo, esposo o nieto, que les ha sido arrebatado.

¿Existe la pena de muerte en Venezuela? ¿Existe el derecho a la vida en nuestro país? Ambas, preguntas retóricas que se pasean por la cabeza de los miembros de la Organización de Familiares de Víctimas de Violación de Derechos Humanos (Orfavideh), los homenajeados, a quienes procuramos acompañar en su paso al frente, el que deciden dar con signos de vida y valentía, pese a los intentos de desmovilización de quienes intentan borrar las huellas de injusticia y dolor que van dejando a su paso.

Puentes de encuentro

Decenas de personas se acercaron el día de la inauguración a escuchar y conocer las acciones de los cuerpos de seguridad en los sectores populares de la capital a través del foro. Luego, escucharon las palabras de Jennifer Rotundo y Elibeth Pulido, dos de las madres homenajeadas que dieron apertura a la exposición.

Una mujer del público se acerca a Jennifer Rotundo

Mientras algunos interactuaban con la exhibición, otros se acercaron a los familiares que ese día asistieron para ofrecer palabras de aliento y reconocimiento: una aproximación al puente entre la vivencia privada de la violencia y la injusticia, y la mirada del público dispuesto a ver y escuchar con solidaridad lo que estas madres tenían para narrar, dando sentido a la idea que meses atrás había empezado a construirse.

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Convivir para acompañar el dolor

 

En la primera línea de la convivencia

Los líderes comunitarios son quienes conocen la realidad de las familias de su sector y están atentos a ella. Son quienes están en la primera línea, listos para apoyar a personas que sufren por crisis o duelo.

Este mes, la red de líderes participó en el taller Acompañando en el Dolor: un programa de formación en atención psicosocial en crisis facilitado por nuestros aliados del Grupo Social Cesap y Psicólogos Sin Fronteras VE.

Taller Acompañando en el Dolor, donde colaboradores de Mi Convive participan.

Taller Acompañando en el Dolor

Durante cuatro días el equipo discutió, junto a psicólogos expertos en el área, sobre el contexto de crisis actual y lo que significa un proceso de duelo. Además, reflexionaron con base en sus propias experiencias sobre la importancia de la escucha y respuesta empática en el acompañamiento a personas y comunidades que sufren, adquiriendo herramientas que les permitirán responder de manera oportuna y eficaz en esos momentos.

Líderes de Mi Covive participando en el taller

Líderes participando en el taller

En el trabajo que cada líder realiza en el marco de la Red de Atención a la Víctima, también resuena el mensaje de Caracas Mi Convive. Ese de una Caracas en la que es posible convivir, pero en la que también se escucha y se acompaña al que sufre, porque solo cuando existen relaciones justas, reconciliación y perdón, es posible la convivencia.

Es así como continúa el trabajo de la organización comunitaria, deteniéndonos solo para evaluar el recorrido y potenciar con nuevas herramientas.

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#NiUnaVíctimaMás

 

Darwilson, César y Ángel. Sus rostros, nombres y fechas de defunción se plasmaron los dos últimos sábados de febrero en tres paredes de Los Jardines de El Valle como parte de un homenaje a sus vidas. Dos días dedicados a escuchar sus historias, las que cuentan sus familiares, a darle voz a lo silenciado y exigir el cese de las violaciones a los Derechos Humanos que se han estado cometiendo en las comunidades populares en los últimos seis años, que han acabado con la vida de más de 178 personas en los últimos 8 meses (según los datos levantados por el Monitor de Víctimas, 2018), y que han derivado en un clima de miedo, desconfianza y pérdida de apoyo social en la comunidad.

Cada familia seleccionó cuidadosamente una pared, una que tuviese significado para sus hijos: donde solía trabajar, donde pasaba tiempo con sus amigos y donde cayó el día que fue asesinado. Allí se plasmaron sus rostros, los rostros de tres jóvenes que no murieron en condiciones normales, sino que fueron víctimas de ejecuciones extrajudiciales cometidas por funcionarios policiales amparados por las políticas de mano dura implementadas por el Estado venezolano desde el 2013. Los familiares exigen: #NiUnaVictimaMas

Junto a la Organización de Familiares de Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos (Orfavideh), a la que pertenecen los padres de los tres jóvenes, la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (Reacin), el artista Jesús Briceño de Haciendo Ciudad y la Red de Atención a la Víctima de Mi Convive, creamos un espacio de reparación colectiva en la que los familiares de los jóvenes y los vecinos de su comunidad recordaron sus vidas y problematizaron las políticas y acciones deliberadas que terminaron con sus vidas.

Sus historias

Darwilson

Tenía 20 años y estaba por comenzar a estudiar ingeniería informática. Darwilson y su familia fueron hostigados y extorsionados durante cuatro meses por funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), hasta que el 11 de junio del 2013 Darwilson fue asesinado con arma de fuego, en su propio hogar, por los mismos efectivos que venían acosándolos y quienes su madre había denunciado previamente en la Fiscalía. Las vidas de su madre, padre y hermana, ahora giran alrededor del dolor y el vacío que dejó la muerte inesperada y violenta. Su madre (Aracelis) se convirtió en activista de Derechos Humanos y fundó Orfavideh para acompañar a otras familias víctimas de violaciones similares.

Aracelis y Euclides (padres de Darwilson) posando con el mural. Caracas 03/03/18. Foto: Carlos Escobar


César

Lo llamaban Malala, un joven de 21 años de edad, padre de un niño recién nacido con su novia. Trabajaba como vendedor informal en El Valle y muchas veces apoyaba a su madre (María) con la venta de plátanos. El 7 de enero de 2016, César celebraba el embarazo de su hermana con un grupo de amigos. A las cinco de la mañana, un grupo de funcionarios policiales entró a la comunidad, unos minutos después César recibió dos impactos de bala que acabaron con su vida. El informe policial de los hechos coloca “muerte en enfrentamiento”.

María colocando flores en el mural de su hijo. Caracas, 03/3/18. Foto: Carlos Escobar


Ángel

Tenía 24 años edad y era padre de cuatro niños con su esposa Daniela, con quienes vivía en Los Jardines de El Valle. De profesión barbero, Ángel montaba y desmontaba todos los días un toldo en la calle 14 de Los Jardines, donde atendía y rasuraba a los hombres de la comunidad. El 10 de marzo de 2016, Ángel salió de su casa a trabajar, cuando fue sorprendido por dos funcionarios policiales vestidos de negro y con los rostros cubiertos, fue sometido, aislado y finalmente asesinado con un arma de fuego. El informe policial coloca a Ángel como cabecilla de una banda delictiva de la zona y afirma que murió en un enfrentamiento con el cuerpo de seguridad. En la escena fueron sembradas como evidencias un arma de fuego y un radio walkie-talkie.

Esposa e hijos de Ángel observando como se pinta el mural. Caracas, 24/2/18. © Gabriel Osorio.


¿Qué tenían en común estos tres jóvenes? 
Todos eran hombres, con edades entre 20 y 25 años, habían crecido y vivido en El Valle, fueron asesinados en su comunidad por funcionarios policiales y posteriormente clasificados como delincuentes que habían muerto en enfrentamiento.

Espacio para reparar

Cuando el artista comenzaba a pintar, Aracelis (madre de Darwilson) se acercó para entregar un papel con un mensaje escrito, una dedicatoria que quería incluir en el mural de su hijo:

La justicia pronto llegará y tú descansarás en paz.
Yo quedo con la misión que en mí dejaste,
defendiendo el derecho a la vida
y los derechos humanos de las personas.
Para mí no estás muerto,
vives en cada joven con vida.

Dedicatoria para mi hijo Darwilson, Aracelis (2018)

Aracelis pintando la dedicatoria a su hijo. Caracas, 24/2/18. © Gabriel Osorio.

Cuando nos acercamos a la pared que María, la madre de César, había seleccionado para el mural de su hijo, observamos cómo los balcones y las ventanas de las casas aledañas se empezaron a llenar de vecinos. Fue en esa calle que César recibió los impactos de bala que le quitaron la vida:

– “Él cayó aquí, y nadie hizo nada.” – dijo María.

– “¿Nadie hizo nada?” – dijo una vecina que escuchó el comentario de María- “Mamita todos los vecinos nos metimos, empezamos a gritar, a pedirle que se lo llevaran preso, pero que no lo lastimaran. Algunos hombres hasta le lanzaron piedras y botellas a los policías, pero no funcionó… eso era demasiado plomo que no dio chance de hacer mucho.”

El espacio que se creó en esa calle permitió que la vecina contara a María lo que recuerda de esa mañana. Un giro inesperado en la búsqueda de la verdad que María persigue desde el día del homicidio, pero además, una forma de apoyo y reconocimiento social que probablemente se había perdido, a causa de la violencia de la que ha sido víctima la comunidad. Para Aracelis, el simbolismo detrás del mural la movió a expresar, a través de la escritura, el sentido que ha encontrado en la dolorosa pérdida de su hijo, y compartirla con los miembros de su comunidad.

Pensar en reconectar

Las historias de Darwilson, César y Ángel se suman a otras cientos de historias de ejecuciones extrajudiciales, otras cientos de familias que han tenido que hacer frente al dolor y cuyas relaciones o redes pudieron haberse fracturado por la violencia y el miedo a las consecuencias de hablar de aquello que se atestigua en las calles de la comunidad, cuando los cuerpos policiales están por la zona.

Esta es la primera acción del año dirigida a la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación, reales o simbólicas, de los familiares de las víctimas. El primero de los escenarios que busca restaurar es la dignidad de las familias que han sufrido una pérdida violenta, reconstruir las relaciones de apoyo entre los vecinos y exigir una respuesta institucional, denunciando las fallas del sistema que en vez de proteger a los ciudadanos, los persigue y los asesina sin mediar palabra. Es la primera vez que se dice: #NiUnaVíctimaMás.

Derecho a la memoria

¿Cómo le ponemos cifra al dolor?

En una ciudad que se ha posicionado como la más violenta del mundo y en la que ocurren alrededor de 10 homicidios al día (Seguridad, Justicia y Paz, 2016), se han naturalizado las expresiones de violencia. El valor de la vida y de las personas detrás de cada homicidio son opacadas por las altas cifras de muertes violentas.

Red de Atención a la Víctima es un proyecto que nace al entrar en contacto con numerosas familias y comunidades que han visto como sus dinámicas han sido alteradas por la violencia letal. Una población que además se encuentra desatendida y silenciada por la impunidad y la falta de políticas de investigación e intervención que permitan mitigar, proteger y atender sus necesidades.

De esta manera se busca prestar atención psicosocial a los familiares de las víctimas y realizar un acompañamiento individual, familiar o comunitario orientado a hacer frente a la pérdida violenta del ser querido. Se busca promover el bienestar, el apoyo emocional y social a los familiares y desarrollar capacidades que permitan elaborar el duelo sin recurrir al ajuste de cuentas. Todo esto con el apoyo de líderes comunitarios sensibilizados en el tema y la atención de aliados especialistas en el área legal y psicológica.

La Red de Atención a la Víctima ha apoyado a 330 víctimas de la violencia para generar mecanismos de desnormalización, reconocimiento y articulación. Hemos acompañado a 40 familiares de víctimas de homicidio en su proceso. A través de visitas, llamadas e invitaciones a actividades comunitarias se pretende estimular la participación ciudadana e identificar y canalizar, en lo posible, las necesidades de cada caso: asesoría legal, atención psicológica, denuncias, contacto con otros familiares de víctimas. Alrededor de 30 líderes comunitarios han sido formados en primeros auxilios psicológicos para lograr estos objetivos. 80 personas han participado en grupos de apoyo y otras 180 personas han formado parte de actividades de reparación colectiva; en las que se construye el recuerdo de la víctima o el significado de algún hecho violento y se sensibiliza a la comunidad sobre la pérdida violenta de un ser humano.

 

El poder de la narración

El acompañamiento inicia con una visita: un acercamiento personal en el hogar de la familia. Donde se invita a contar la historia de la víctima, a ir más allá de la cifra, conocer su nombre, su historia: ¿quién era, qué hacía, qué rol desempeñaba dentro de la familia, cuáles eran sus sueños, cómo ocurrieron los hechos y de qué manera están enfrentando la pérdida y el vacío que dejó?

Esta narración naturalmente moviliza múltiples emociones: tristeza, dolor, ira, rabia. Pero en ella también se inician procesos que le permiten a la persona reparar y elaborar la pérdida. Al construir y comunicar la historia, el doliente reordena los hechos, descubriendo muchas veces nuevos significados dentro de la misma experiencia. Por su lado, al ser escuchada su historia, se está reconociendo su pérdida y sufrimiento, recuperando a su vez la dignidad de la víctima.

Elizabeth Tarrío es una mujer de 58 años de edad. Su único hijo, Víctor, fue asesinado en el año 2012 por un efectivo de la Guardia Nacional en lo que se denomina un crimen pasional. Actualmente Eli (como la llamamos) dirige y supervisa la logística y el funcionamiento de los 10 comedores del programa Alimenta La Solidaridad, en el que se benefician 940 niños en situación de hambre de distintas comunidades. En el último año Eli ha contado su historia en numerosas ocasiones: a compañeros de trabajo, en pequeñas reuniones, en presentaciones y ponencias, entrevistas e incluso para las producciones audiovisuales del proyecto Cuéntame Convive (visita Cuéntame Convive Elizabeth Tarrío). Unos días atrás, en un encuentro con todo el equipo de Caracas Mi Convive, reproducimos unos cuantos videos, entre ellos el de Eli. Al terminar, se volteó y le comentó a las personas sentadas a su lado: «Es increíble como cada vez que cuento mi historia o veo el video, siento dolor, pero también calma, calma y orgullo de lo que hago. Me motiva a seguir».

A retomar el control

La experiencia nos ha demostrado que la atención psicológica individual no suele encontrarse entre las necesidades principales de los familiares de las víctimas. Más allá de la complejidad y particularidad de los procesos que se acompañan, las características de la población con la que trabajamos merman el interés o valor que puede tener este tipo de apoyo: inmersos en un contexto de exclusión social, con dificultades para satisfacer las necesidades básicas, una alta exposición a violencia y sometidos mecanismos de control del Estado, la demanda de este tipo de atención escasea.

Sin embargo, el valor que atribuyen a los grupos de apoyo y espacios de encuentro e intercambio es mayor.

Cuando revisamos los casos con los que hemos tenido contacto, encontramos que 35% de estos homicidios han sido cometidos por los cuerpos de seguridad del Estado. Esto naturalmente genera mayor ira, desesperanza y aislamiento en muchos de los familiares. Sin embargo, una atención individualizada no es suficiente. Se deben tomar en cuenta los aspectos sociales y políticos vinculados a las violaciones de los Derechos Humanos.

Resulta necesario entonces encontrar un equilibrio entre el apoyo psicológico y actividades que ayuden a retomar el control sobre sus vidas. Es por esto que, para el 2018, queremos promover la construcción de relaciones entre los familiares de las víctimas que deriven en espacios de encuentro en los que se procese colectivamente la experiencia y el dolor de manera creativa. Nos planteamos estimular el intercambio de ideas, necesidades y expectativas que impulsen la creación de un músculo de denuncia y documentación de estas violaciones a los DDHH, medidas que resultan reparadoras para este tipo de experiencias (Beristain, 2012).

Aseguramos que es urgente atender estos casos rápidamente, pues las secuelas de la violencia y los traumas generados por ella limitan la capacidad de actuar de las comunidades, desarticulando el tejido social y reduciendo sus oportunidades de desarrollo. Ante este reto, nos hemos planteado la expansión de nuestra red para el 2018: sumando más voluntarios y organizaciones que nos ayuden a establecer un proceso claro de acompañamiento psicosocial, y así poder traducir estas experiencias en relatos con aprendizajes que permitan formular acciones y políticas dirigidas al acompañamiento de víctimas de violencia.

La voz de las víctimas

Formas de asimilar el dolor a través de las historias

En contextos de violencia política como el que se vive actualmente en Venezuela, son incontables las maneras en que una persona puede convertirse en víctima: a través de un homicidio, siendo perseguido y amenazado, sufriendo torturas o violación sexual; incluso pueden  vivirse experiencias traumáticas siendo testigo de atrocidades, perdiendo a un ser querido, viviendo desplazamientos o experimentando el clima de miedo en la propia comunidad como resultado de las violaciones a los derechos humanos (Beristain, 2012).

Si la pérdida de un ser querido en contextos normales ya supone dolor y sufrimiento, la asimilación de una pérdida violenta es mucho más compleja; las condiciones en que se da la muerte, la responsabilidad del Estado sobre la misma y la impunidad consecuente son aspectos que alteran el proceso de duelo.

La falta de reconocimiento y explicación de lo sucedido, y la criminalización y acusaciones asociadas a las violaciones de derechos humanos tienen un impacto sobre la dignidad de la víctima que sufre el duelo y que pueden generar sentimientos de rabia, miedo, desconfianza o culpabilidad en relación a lo ocurrido. Estas son respuestas normales a un evento anormal, pero que necesitan canalizarse de alguna manera. La denuncia, el apoyo a otras víctimas o luchar por conseguir cambiar la situación son formas positivas de lograrlo (Beristain, 2012).

El día que fue grabado el vídeo de Miguel Castillo Bracho, conocimos y acompañamos a sus familiares y amigos en lo que sería, por naturaleza, una actividad que avivaría recuerdos y movilizaría emociones. “Me siento mucho más tranquila, más calmada. Por eso aprovecho cada oportunidad que tengo para contar su historia, para que la gente sepa quién era realmente Miguel”, explicó Luisa Castillo, hermana del joven Bracho, cuando le preguntamos cómo se sentía cada vez que daba declaraciones sobre la muerte de su hermano o participaba en alguna actividad que tuviera relación con el hecho.

Para  Luisa, contar la historia de Miguel al resto de la sociedad parece ser una forma de reparación simbólica.  Beristain (2012) explica en su Manual de apoyo psicosocial en las violaciones de Derechos Humanos que las medidas simbólicas buscan hacer un reconocimiento público de la víctima en el que se rescate su recuerdo y restablezca su dignidad. Además, estas pretenden comunicar una sanción moral a los responsables y hacer un reconocimiento del sufrimiento de las víctimas, tanto directas como indirectas.

La denuncia no solo busca reivindicar el nombre y mantener viva la esencia de la víctima, sino que representa una vía de obtención de justicia en la que se determina la responsabilidad del Estado autoritario, y es justamente la implicación de la sociedad en ese juicio, y no solo de las víctimas, la que condiciona la eficacia de esta medida simbólica de reparación (Beristain, 2012).

El reconocimiento de la verdad les permite a los seres queridos otorgarle significado a la situación y, de esta manera, asimilar las experiencias. Es por ello que encontrar el espacio y lenguaje para contar sus historias termina siendo una manera de enfrentar el impacto de las violaciones a los DDHH. Es una actividad que tiene sentido para las víctimas, principalmente porque en esta se mantienen lazos con ella al enfatizar los aspectos positivos, pero manteniendo una visión realista al poder registrar sus defectos.

Venezuela está atravesando duros episodios de violencia política que se traducen en desgracia para toda la población, principalmente para los familiares de las víctimas. Es por ello que historias como la de Miguel Castillo, Fabián Urbina, Andrés Cañizales y los más de 100 asesinados durante las protestas antigubernamentales deben recordarse, reconocerse y denunciarse. Nuestra voz es el instrumento más valioso que podemos usar contra la impunidad.

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